jueves, 27 de abril de 2017

Yo te nombro, honestidad

Los primeros días de clase, con el calor pegajoso en la piel y añorando la brisa del mar, la maestra comienza el curso con mucha energía. Primero advierte que no se encuentran ante ninguna “seño”, que ella es maestra y si resulta complicado, prefiere que la llamen por su nombre de pila.
- “¡Qué seño más rara!”, piensan sumidos en la perplejidad.
 Suele disfrutar haciendo juegos de presentación y de cohesión grupal. Hay una actividad que le gusta especialmente: cada niño o niña debe presentarse acompañando a su nombre una cualidad que los caracterice.
Este año, cuando toda la clase se hubo presentado, la miraron veintisiete ojos curiosos:
- ¿Y tú maestra? ¿Qué dirías de ti?
La maestra duda. Resulta aterrador autocalificarse, encontrar una palabra que te defina, desvelar la idea que una posee de sí misma, que es posible que no coincida con el resto de la humanidad.
En ese momento de duda, la imagen de su padre cruzó por su mente y evocó una de sus frases más repetidas.
- “La honra es lo único que tiene el pobre”
La maestra tomó la tiza y escribió en la pizarra, junto a su nombre la palabra HONESTIDAD.
Los diccionarios vieron alterados su letargo veraniego por cincuenta y cuatro pequeñas manos, que se abrían paso entre sus hojas, para hallar el sentido de una palabra desconocida.
La maestra ya no está en edad de creer en ortodoxias, en purezas y coherencias, pero aún mantiene en su fuero interno ese concepto antiguo de la honra, un vocablo pegado a la tierra, que en Andalucía suena a veces con la h aspirada.
Al volver a casa, continuó meditando sobre esa palabra tan antigua que nunca habían escuchado esos oídos infantiles.
Recordó al alcalde de Zalamea (“Que soy noble por cinco o seis mil reales; y esto es dinero y no es honra; que honra no la compra nadie.” «Aquella misma que vos, que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador») y las memorables discusiones en torno al origen de la corrupción que rompe las costuras del país.
La maestra protesta ante quienes argumentan que está en nuestro ADN y se enfada con quienes culpan al paupérrimo Lazarillo de los desmanes de ladrones de cuello blanco y maletín ministerial.
Piensa, ingenua, que más bien somos descendientes de Quijotes sin molinos, Sanchos sin ínsula, intrépidas Doroteas y rebeldes Marcelas.
Al transcurrir los meses, los niños y las niñas saben que la maestra que no se llama seño odia la mentira, pues conlleva falta de confianza. También se enfada si se pisan el turno de palabra o interrumpen antes de que acabe quien está hablando, empeñada en hacerles entender que debatir no tiene ninguna relación con “Sálvame”.
La semana pasada, C, pequeña brujilla empoderada, alzó su mano y preguntó:
-Maestra, si Rajoy miente, ¿por qué sigue siendo presidente?
La maestra se quedó sin palabras, agotada de luchar contracorriente en un país que premia al estafador disfrazado de político, al arribista sin escrúpulos, al mayor mentiroso; una sociedad que ríe las gracias al mentecato de turno, al zafio o la zafia, a la lengua viperina…
Cuando era joven y el mundo aún albergaba esperanzas, cantaba Nacha Guevara unas hermosas estrofas, que la maestra, hoy, quisiera parafrasear:

Escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
Tu nombre verdadero
Tu nombre y otros nombres
Que no nombro por temor
Yo te nombro Honestidad


PD: “Concepto de honestidad. La honestidad, del término latino honestĭtas, es la cualidad de honesto. Por lo tanto, la palabra hace referencia a aquel que es decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto u honrado, según detalla el diccionario de la Real Academia Española (RAE).” Del recato y el pudor podemos prescindir, pero el resto de los sinónimos cada vez son más necesarios.