domingo, 31 de diciembre de 2017

Momentos de alegría

Una amiga prestó a C “El alquimista” de P. Coelho. Al verlo, su madre frunció el ceño, esbozó una sonrisa irónica y arqueó una ceja por encima de la pantalla de la tablet.
-Ya sé que tú no crees en la felicidad individual, sin tener en cuenta el bienestar colectivo, pero me lo han recomendado y lo leeré, respondió C antes de refugiarse en su dormitorio.
Todo el año se ha oído a C canturrear por la casa:


“Qué bello es vivir 
cuando me asomo a la ventana 
y veo el mundo por la mañana 
a mí es que se me alegra el alma 
y tengo que sacar el karma 
para brindar por esta vida 
que está tan bien fabricada”

Conocedora de la tasa de paro juvenil, del precio de la vivienda, de la subida de la luz, el desastre catalán o el aumento de las muertes por violencia de género, no se preocupa por su incierto futuro y el complicado reto de la emancipación. En la cena de Nochebuena, C confesó que el concierto de El Kanka fue lo mejor que le había sucedido este año y por ello, ha perseguido a su madre con el móvil para que escuche una y otra vez “Qué bello es vivir”:


“Pero qué bello es vivir 
aunque la vida me maltrate 
de la forma más espeluznante 
yo saldré cada día a la calle 
con mi sonrisa más grande”

Cuando no está enfadada con ella, la madre de C se asombra de su inconsciencia, aunque también se siente agradecida por que sus hijas le descubran novedades: una película, una serie, el Kanka o Juanito Makandé.
-También se titula “Qué bello es vivir” una película de Frank Capra, todo un clásico navideño, le recuerda a C.
Hace una década que el inventario de fin de año le resulta política y socialmente aterrador, sin que haya visos de esperanza. Este 2017, el desatino ha culminado con banderas ondeando en los balcones y la pérdida total de la cordura. Además, en lo personal, ha empezado a perder la confianza en el ser humano, hasta llegar a apropiarse de una frase atribuida a Pedro I de Castilla:
“Con este mendrugo de pan se pueden hartar todos los leales de Castilla”.

Aunque los Reyes Magos son los únicos reyes en los que cree, no es capaz de escribirles la carta, porque sus deseos no se envuelven en papel de regalo.
A pesar de ello, la madre C no dudó cuando le preguntaron por lo mejor del año:
- ¡El viaje a Cuba!
Y entonces, mostró un vídeo en el Floridita de La Habana. Una banda tocaba una canción de Ana Belén y un grupo ruidoso coreaba el estribillo:

Besos, ternura.
Qué derroche de amor,
Cuánta locura

Como la felicidad parece una meta harto difícil de conquistar, los sueldos continúan congelados, mientras espera que se deshilachen las banderas, la madre de C, M y A desea que el próximo año venga cargado de besos, ternura y muchos momentos de alegría.



domingo, 29 de octubre de 2017

Te escribo

Te lamentas de que no escribo. 
Atravesando copas, cafés y tapas, nuestras conversaciones intermitentes van hilvanando el tejido de nuestros relatos.
Qué poco escribes, te quejas, mientras depositas en la bandeja un té verde y una cerveza.
El bullicio de las mesas de la tarde, las niñas correteando por el parque, las madres disfrutando bajo las sombrillas de los veladores.
En este verano de octubre que se anuncia eterno, he olvidado el anhelo de los colores cálidos del otoño, el olor a castañas asadas, el crujido de las hojas secas al paso de mis pies.
No me atrevo a guardar las sandalias y las chanclas remolonean junto a mi cama, disputándose el espacio con las zapatillas de felpa. Los armarios aguardan, sin esperanza, el cambio de estación.
¿Por qué no escribes?, me preguntas.
Conectas la Tablet y aparece mi última entrada con el color de los verdes prados asturianos.
Te hablo del ajetreo de principio de curso, de la novela tan larga que estoy leyendo, de las series que he visto desde septiembre.
Te cuento que enciendo la radio cada mañana con aprensión, que me encuentro perpleja ante tanto desatino, que temo encender el ordenador, asomarme a las redes, navegar por la prensa digital buscando la razón de la sinrazón.
Comentamos sobre tu hijo, que trabaja Londres, pensando en el incierto futuro que espera a esta juventud y en el desastre de país que hemos construido.
Siento con dolor que, al ondear las banderas, se despiden las metáforas, los folios visten su uniforme blanco y enmudecen las palabras.
Y aquí me encuentro, esperando la lluvia incierta, mientras te escribo.




domingo, 20 de agosto de 2017

Asturias, el occidente

He necesitado un periodo de adaptación tras sufrir algo parecido a un jet lag climático. Una noche duermes arropada por una manta, enfundada en tu pijama de invierno y la siguiente solo puedes conciliar el sueño envuelta en aire acondicionado.
Subimos al norte buscando el aire fresco, la humedad, el verde de los prados. Nos sentimos agotadas por del calor y la aridez inhóspita de la tierra reseca.
En Asturias, nos alojamos en Coaña, en una casa rural con vistas a un castro de la Edad de Hierro. Hace años que no subimos al norte en verano. Por eso, este viaje me recuerda a otros lejanos en el tiempo: la primera vez que viajé más allá de la meseta y mis pupilas se quedaron pintadas de verde en plena canícula, al despertar en mi litera del tren; otro verano en Asturias hace más de quince años y las niñas jugando mientras cortaban el heno junto a la casa de Piloña; unas vacaciones en Ziga, en el valle del Batzán, pues desde mi ventana también se veía un valle y por la noche, solo algunas luces dispersas iluminaban el paisaje.
Recorremos los pueblos de la costa: Luarca, Cudillero, Ortiguera, Puerto de Vega, Vievélez, Tapia de Casariego…Incluso penetramos en Galicia por Ribadeo y paseamos por la playa de las Catedrales con la bajamar.
Más allá de la pintoresca postal, de las casas de colores trepando por la montaña, asomándose a los puertos pesqueros, imaginamos la vida de estos pueblos en invierno, con el viento azotando sin piedad y las olas devorando los muelles. Pensamos en las personas mayores que habitan en calles empinadas e inaccesibles y en los cientos de marineros que la mar ha cobrado como tributo.
En cada viaje constatamos nuestra supina ignorancia. He fotografiado todos los tipos de nubes imaginables sin ser capaz de nombrarlas: “¿cirros, cirrocúmulos, cirroestratos, altoestratos, altocúmulos, estratos, estratocúmulos, nimboestratos, cúmulos y cumulonimbos?”. Me perdí esa lección en el colegio y solo puedo describir cielos plomizos amenazando lluvia, el “orbayu” pertinaz regando los huertos de Taramundi, nubes blancas como copos de algodón surcando una mañana fresca, un escuadrón de nubes desfilando sobre la Ría de Navia.
También insisto en la necesidad de ampliar mis conocimientos de botánica, para poder llamar por su nombre a todos los árboles que encuentro en el camino y las flores silvestres y desconocidas que salen a mi paso.
Lejos de rutas trilladas, recorremos senderos insospechados en Villayón, donde no conocen el concepto turismofobia y agradecemos el auténtico pan de pueblo de Panadería Pérez, que untamos de queso Gamonéu.
Regresamos atravesando Castilla-León y Extremadura. Si ancha es Castilla, más extensa se nos hace Extremadura. Tras un oasis de agua y frondosidad, atravesamos la tierra parda, seca, ardiendo bajo un sol intransigente.
El camino es eterno. Para entretenerme voy anotando los nombres de lugares que aparecen indicados en la autovía: Faramontanos de Tábara, Morales del Vino, Peleas de Abajo, Villamor de los Escuderos…
Pienso que no hay nada más hermoso que la toponimia: Mozarbez, Arroyo Sanchituerto, Regato de las Cortinillas, Aldeanueva de Baños…
Ojalá pudiera emular a Labordeta y recorrer el país con mi mochila, detenerme a hablar con la gente, probar sus guisos, deleitarme con las pastas, magdalenas o perrunillas propias de cada lugar.
Quizás, en otro viaje, antes de que nos golpeen nuevas tragedias cercanas y sintamos rubor al compartir nuestras dichas.