lunes, 13 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA


La mente me llevó lejos de las imágenes que aparecían en la pantalla. Mis neuronas perdieron el control. Me acordé de “El viejo que leía novelas de amor” sin que existiera ninguna relación. Las marismas no tienen nada en común con la jungla. Sevilla no se sitúa en el ecuador.
Los personajes se paseaban por una feria mientras mi cabeza viajaba a Macondo y observaba los rostros sorprendidos de sus habitantes el día que descubrieron el hielo.
Tuve que hacer un esfuerzo para regresar a la butaca. Los objetos cotidianos me reconciliaron con un tiempo cercano pero enterrado en el olvido: un cenicero de cristal tallado, el teléfono de la pensión, los azulejos de la cocina, el cuadro con imágenes de cacería, el armario del cuarto de baño,...
El pueblo sevillano de la Isla Mínima representa el Macondo andaluz, el territorio fronterizo en el que se puede ver reflejado cualquier pueblo de los años 80. Aún perviven los símbolos de la larga dictadura y sus prohombres mantienen su poder.
Resuenan en los oídos el ruido reciente de los sables al tiempo que un sordo rugido, el malestar creciente de los jornaleros, amenaza la aparente calma.
Dos muchachas han desaparecido pero a nadie parece preocuparles mucho. La pareja de guardias civiles pone en entredicho su moralidad con sorna. La vida de dos muchachas, casi unas niñas, no tiene ningún valor, no hay un clamor popular por encontrarlas. Un silencio espeso se arrastra por las calles del pueblo.
La trama va creciendo en tensión, los protagonistas se pierden una y otra vez en su búsqueda a través de una marisma impenetrable, cada vez más parecida a la inhóspita jungla ecuatorial. Se suceden persecuciones imposibles por carriles y canales. Siento la necesidad de abrir el bolso y pasarle el móvil al policía para que fotografíe una matrícula, para que avise a su compañero. ¿Cómo podíamos vivir sin móvil en los años 80?
Al final, piensas que la película ha acabado, pero no es cierto. En ese momento te planteas que quizás estés equivocada, que es posible que te hayan engañado, que nos hayan mentido. El asesino sigue libre y no lo hemos reconocido.
En la retina permanece la imagen de miles de flamencos del color de la sangre poblando el amanecer en la laguna.