viernes, 15 de agosto de 2014

Y sin embargo, Berlín


“Viele kleine Leute, die in vielen kleinen Orten, viele kleine Dinge tun, können das Gesicht der Welt verändern. (Afrikanische Weisheit)”

En la sala de desayunos del hotel, una anciana corpulenta, casi una giganta a mis ojos, toma un bol de yogur con frutas. Sus piernas están surcadas de gruesas varices que recorren las extremidades como ríos infectos. Mientras desayuna, hojea una guía de Berlín en alemán.
Un muchacho ataviado con un pañuelo palestino adhiere una pegatina junto a las estatuas de Marx y Engels, cerca de Alexanderplatz.
Una pareja de ancianos procedente de Nueva York se apea en una estación del metro. Sobre las escaleras, un rótulo anuncia el museo judío.
Un hombre recoge las audio-guías en el Museo de Pergamo. A sus espaldas, un nutrido grupo de hombres y mujeres de mediana edad, de rostros macilentos y cansados, muestran los estragos de muchas horas de autobús.
-Polish, le dice a la joven que entrega las audio-guías tras el mostrador.
Un hombre joven hace footing por los jardines de Charlottesbourg. A su lado también corre una niña de unos tres años que no deja de reír.
-¡Vamos, cariño, corre, que tú puedes!, va gritando en español.
La imagen que mi mente se forjó de Berlín estaba pintada en tonos grises: el gris del humo del Reichstag ardiendo, el humo de las cámaras de gas, de las antorchas,... Berlín se mostraba como una ciudad triste y fría, con espías acechando en las esquinas, soldados hieráticos y vigilantes en las garitas.
Entre “Uno, dos, tres” de Willy Wilder y “Goodbye, Lenin”, esperaba hallar la ciudad arrasada de “El pianista” o Danzing, tal como la describe Günter Grass en “El Tambor de Hojalata”.
Con estos antecedentes, ¿quién querría visitar Berlín? ¿Qué razones influyen en la gente que viaja a esta ciudad?
No tuvo Berlín un Hemingway que describiera sus bondades literarias o artísticas. No se filmó ninguna película en la que los amantes declararan que “Siempre nos quedará Berlín”. Ningún rey proclamó: “Berlín bien vale una misa”.
La ciudad de Merkel, la Troika, el Bundesbank, que recibe a la generación mejor formada de España para servir las mesas de sus restaurantes, no podía ser el destino soñado. Pero todo el mundo te cuenta las excelencias de esta ciudad, su ambiente cosmopolita, el vanguardismo arquitectónico y desaparece el gris de tu mente.
Al aterrizar en la capital de Alemania, te da la bienvenida un sol inclemente del que es imposible huir. No conocen el aire acondicionado en las tiendas, algunas líneas de metro, los restaurantes, las cafeterías o los hoteles de bajo presupuesto. Solo la sombra de los árboles del Tiergarten pueden apaciguar la canícula berlinesa.
A cada paso que tus pies hollan, surge la historia de Europa, plagada muertos. Y sientes deseos de llorar por el horror de los campos de concentración, por Rosa Luxemburgo asesinada, por el muro de la vergüenza, por las utopías perdidas.
En la escalinata del altar de Pergamo te sientas para lamentarte por siglos de expolio, anonadada por la belleza de la Puerta de Istar, aturdida por la puerta del mercado de Mileto, indignada por el techo de la Alhambra “regalado” a un banquero alemán.
Se viene a Berlín a recorrer sus amplias y rectas avenidas, los edificios vanguardistas firmados por Foster o Calatrava, el bulevar Unter der Linden arrasado por la excavadoras, el cielo de Alexanderplatz cubierto de grúas. En la capital de Europa no existe la crisis del ladrillo. Todo es nuevo y reluciente. Edificios de colores y diseños sorprendentes se alzan en calles siempre limpias.
Una familia española recorre las calles de Berlín bajo el infernal calor de julio. Al final de la tarde, cuando los pies no pueden tirar de las piernas y reclaman a gritos un descanso no hallan piazzas italianas o cafés parisinos, en los que sentarse a contemplar a los paseantes. Solo los puede acoger la sombra de la Gendarmenmarkt, con sus iglesias gemelas, para refrescarse con una deliciosa, aunque no fría, cerveza.
PD: También hay restos de un muro ;-P