domingo, 14 de diciembre de 2014

Los de fuera


Se conmemora el 50 aniversario del IES San Fulgencio de Écija, en el que estudié BUP y COU. Sin desmerecer los actos oficiales y las declaraciones laudatorias, me gustaría aportar una visión diferente, quizás un poco crítica sobre el tiempo y el escenario que nos tocó vivir.
El paso del tiempo apacigua los recuerdos y extiende una pátina dulzona sobre la realidad. Cuentan los expertos que la memoria tiende a guardar solo los buenos momentos del pasado como un recurso para sobrevivir. Resiliencia denominan a la capacidad para sobreponerse a situaciones adversas.
No es que la “cándida adolescencia” constituya per se una etapa dolorosa, pero con la distancia de los años nos queda el sabor de lo joven y sano, por encima de todas las turbulencias vividas.
Nuestra adolescencia en el instituto, en aquellos años de la transición, fue, sin duda, cándida como todas, aunque convulsa como pocas.
El 24 de febrero de 1981, a primera hora de la mañana, el grupo de COU de letras tenía examen de latín. La tarde antes, mientras traducía a Horacio en la mesa camilla calentada por cisco-picón, mi padre llegó con el gesto demudado: había oído en la radio que unos guardias civiles habían entrado en el Congreso pistola en mano.
Aquel 24 de febrero, el profesor de latín no escuchó nuestras súplicas ni atendió a nuestra falta de sueño. “Este país sigue siendo una democracia”, aseveró al tiempo que nos entregaba un folio donde se podía leer:
_”Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet?”
A mi generación le tocó vivir tiempos convulsos, aunque esperanzadores. El instituto era una meta difícil de alcanzar para quienes vivíamos en pueblos pequeños. El San Fulgencio, en aquel entonces, acogía a todos los estudiantes de la comarca.
En 1º de BUP, los pocos estudiantes de La Luisiana veníamos en La Alsina que hacía el recorrido diario Sevilla-Córdoba. El autobús no se ajustaba al horario escolar, así que entrábamos con la primera clase ya iniciada y partíamos antes de que finalizara la última, ya noche cerrada en invierno. Si por algún motivo, nos despistábamos, perdíamos el autobús y más de una vez tuvimos que hacer autostop en el Pirula.
Tienes 14 años, vives en un pueblo pequeño de calles sin asfaltar. Llegas tarde cada mañana, interrumpes, te miran, el profesor disimula, pierdes media hora de clase. Por la tarde se repite la rutina: recoges sin hacer ruido, la silla araña el suelo, los goznes de la puerta se quejan de dolor, abandonas el aula en silencio.
Transcurrían varias horas desde la finalización de las clases de la mañana y el comienzo de las vespertinas. Eran  horas perdidas vagueando por las calles de Écija. Mientras, nuestros compañeros y compañeras residentes comían tranquilamente en sus casas, hacían los deberes, estudiaban, se echaban la siesta antes de regresar, totalmente descansados, a las clases de la tarde.
El primer curso, tomábamos el almuerzo en el comedor escolar del Colegio Cervantes, pero el segundo año cerró o no permitieron continuar. Comenzó nuestro deambular por los parques vecinos para tomarnos el bocadillo, las tardes interminables en los bancos junto al río o los apuntes desplegados en el Bar Avenida cuando hacía frío.
Al siguiente curso, dada nuestra lastimosa situación, el instituto nos proporcionó unas instalaciones para el almuerzo, con la condición de que no podíamos salir ni dejar entrar a nadie durante las tres horas no lectivas. Cualquiera puede imaginar lo que este tiempo puede suponer para un grupo de diabólicas mentes adolescentes, la cantidad de trastadas que se puede idear. No daré detalles, por si hay algún delito que no haya prescristo.
Tanto bocadillo me produjo una anemia contumaz por lo que tuve que optar por un plato caliente en el Restaurante Vega Hermanos y un café en el Avenida.
No solo cuestiones de índole práctica diferenciaba a los foráneos. La mayoría de nosotros estudiábamos con becas. Nuestro atuendo, nuestro lenguaje, las expresiones que usábamos resultaban molestos a otros estudiantes.
Aquellas muchachas vestidas en boutiques de la avenida, portaban melenas impecables y maquillajes sin tacha. Para mí era un misterio que acudieran al instituto tan arregladas y sentía curiosidad por el tiempo diario que dedicaban a ello.
Estaban de moda los abrigos austriacos, tipo Loden, verdes, acompañados de zapatos castellanos, que les daba un aire uniformado.
Y allí estábamos los “caserillos” y “caserillas”, unidos como una piña: estudiantes de Cañada Rosal, Fuentes, La Carlota, El Rubio, Marinaleda, Fuente Carretero, Fuente Palmera, La Luisiana, El Campillo,...
No significa que entre foráneos y kikis no hubiera confluencia. Se establecían numerosas amistades e incluso noviazgos. Los bancos del parque del río pueden dar testimonio de ello.
Pero para un grupo determinado de estudiantes, éramos extraños y así nos lo hicieron saber.
Al hecho que relataré, hoy en día lo llamaríamos acoso o bullying y contiene, además, una buena dosis de sexismo. En la actualidad, existen planes de convivencia y protocolos de actuación que los centros están obligados a aplicar. Nadie tenía prevista esta situación a finales de los años 70.
No puedo precisar cuándo empezó el acoso, ni si hubo algún detonante. Comenzamos a sufrir insultos y amenazas al quedarnos solas, en los cambios de clase, sentadas en un banco del pasillo, en el patio. Durante meses, no nos atrevimos a salir del instituto sin compañía y nos hacíamos acompañar de amigos para comprar en la papelería.
Solo la intervención de un grupo de profesores y profesoras, en su mayoría también foráneos, puso fin a muchos meses de sufrimiento, la expulsión de los acosadores y el injusto apercibimiento de las acosadas, que al parecer nos teníamos que haber callado ante las agresiones. Las muchachas respondonas y rebeldes siempre hemos estado muy mal vistas socialmente.
Recuerdo el gesto contrariado de la profesora que entró en mi clase a leer la resolución. Se acercaba el verano y la luz entraba a raudales por las ventanas. Aún me parece oír sus palabras mostrando su desacuerdo con el escrito que sostenía en las manos, su mirada buscando mis ojos,...
El tiempo, los años transcurridos, te hace olvidar los detalles y cierra las heridas. Pero las cicatrices perviven en la memoria de la piel, que reacciona con punzadas de dolor cuando menos lo esperas.
Sin duda, que un centro educativo público celebre su 50 aniversario, es un motivo para la celebración. Éramos una minoría quienes pudimos cursar estudios en los años setenta. Para quienes habitábamos en pueblos pequeños suponía un gran esfuerzo personal y familiar, aunque nunca dejásemos de sentirnos extraños, como de prestado, los que venían de fuera.

lunes, 13 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA


La mente me llevó lejos de las imágenes que aparecían en la pantalla. Mis neuronas perdieron el control. Me acordé de “El viejo que leía novelas de amor” sin que existiera ninguna relación. Las marismas no tienen nada en común con la jungla. Sevilla no se sitúa en el ecuador.
Los personajes se paseaban por una feria mientras mi cabeza viajaba a Macondo y observaba los rostros sorprendidos de sus habitantes el día que descubrieron el hielo.
Tuve que hacer un esfuerzo para regresar a la butaca. Los objetos cotidianos me reconciliaron con un tiempo cercano pero enterrado en el olvido: un cenicero de cristal tallado, el teléfono de la pensión, los azulejos de la cocina, el cuadro con imágenes de cacería, el armario del cuarto de baño,...
El pueblo sevillano de la Isla Mínima representa el Macondo andaluz, el territorio fronterizo en el que se puede ver reflejado cualquier pueblo de los años 80. Aún perviven los símbolos de la larga dictadura y sus prohombres mantienen su poder.
Resuenan en los oídos el ruido reciente de los sables al tiempo que un sordo rugido, el malestar creciente de los jornaleros, amenaza la aparente calma.
Dos muchachas han desaparecido pero a nadie parece preocuparles mucho. La pareja de guardias civiles pone en entredicho su moralidad con sorna. La vida de dos muchachas, casi unas niñas, no tiene ningún valor, no hay un clamor popular por encontrarlas. Un silencio espeso se arrastra por las calles del pueblo.
La trama va creciendo en tensión, los protagonistas se pierden una y otra vez en su búsqueda a través de una marisma impenetrable, cada vez más parecida a la inhóspita jungla ecuatorial. Se suceden persecuciones imposibles por carriles y canales. Siento la necesidad de abrir el bolso y pasarle el móvil al policía para que fotografíe una matrícula, para que avise a su compañero. ¿Cómo podíamos vivir sin móvil en los años 80?
Al final, piensas que la película ha acabado, pero no es cierto. En ese momento te planteas que quizás estés equivocada, que es posible que te hayan engañado, que nos hayan mentido. El asesino sigue libre y no lo hemos reconocido.
En la retina permanece la imagen de miles de flamencos del color de la sangre poblando el amanecer en la laguna.

viernes, 15 de agosto de 2014

Y sin embargo, Berlín


“Viele kleine Leute, die in vielen kleinen Orten, viele kleine Dinge tun, können das Gesicht der Welt verändern. (Afrikanische Weisheit)”

En la sala de desayunos del hotel, una anciana corpulenta, casi una giganta a mis ojos, toma un bol de yogur con frutas. Sus piernas están surcadas de gruesas varices que recorren las extremidades como ríos infectos. Mientras desayuna, hojea una guía de Berlín en alemán.
Un muchacho ataviado con un pañuelo palestino adhiere una pegatina junto a las estatuas de Marx y Engels, cerca de Alexanderplatz.
Una pareja de ancianos procedente de Nueva York se apea en una estación del metro. Sobre las escaleras, un rótulo anuncia el museo judío.
Un hombre recoge las audio-guías en el Museo de Pergamo. A sus espaldas, un nutrido grupo de hombres y mujeres de mediana edad, de rostros macilentos y cansados, muestran los estragos de muchas horas de autobús.
-Polish, le dice a la joven que entrega las audio-guías tras el mostrador.
Un hombre joven hace footing por los jardines de Charlottesbourg. A su lado también corre una niña de unos tres años que no deja de reír.
-¡Vamos, cariño, corre, que tú puedes!, va gritando en español.
La imagen que mi mente se forjó de Berlín estaba pintada en tonos grises: el gris del humo del Reichstag ardiendo, el humo de las cámaras de gas, de las antorchas,... Berlín se mostraba como una ciudad triste y fría, con espías acechando en las esquinas, soldados hieráticos y vigilantes en las garitas.
Entre “Uno, dos, tres” de Willy Wilder y “Goodbye, Lenin”, esperaba hallar la ciudad arrasada de “El pianista” o Danzing, tal como la describe Günter Grass en “El Tambor de Hojalata”.
Con estos antecedentes, ¿quién querría visitar Berlín? ¿Qué razones influyen en la gente que viaja a esta ciudad?
No tuvo Berlín un Hemingway que describiera sus bondades literarias o artísticas. No se filmó ninguna película en la que los amantes declararan que “Siempre nos quedará Berlín”. Ningún rey proclamó: “Berlín bien vale una misa”.
La ciudad de Merkel, la Troika, el Bundesbank, que recibe a la generación mejor formada de España para servir las mesas de sus restaurantes, no podía ser el destino soñado. Pero todo el mundo te cuenta las excelencias de esta ciudad, su ambiente cosmopolita, el vanguardismo arquitectónico y desaparece el gris de tu mente.
Al aterrizar en la capital de Alemania, te da la bienvenida un sol inclemente del que es imposible huir. No conocen el aire acondicionado en las tiendas, algunas líneas de metro, los restaurantes, las cafeterías o los hoteles de bajo presupuesto. Solo la sombra de los árboles del Tiergarten pueden apaciguar la canícula berlinesa.
A cada paso que tus pies hollan, surge la historia de Europa, plagada muertos. Y sientes deseos de llorar por el horror de los campos de concentración, por Rosa Luxemburgo asesinada, por el muro de la vergüenza, por las utopías perdidas.
En la escalinata del altar de Pergamo te sientas para lamentarte por siglos de expolio, anonadada por la belleza de la Puerta de Istar, aturdida por la puerta del mercado de Mileto, indignada por el techo de la Alhambra “regalado” a un banquero alemán.
Se viene a Berlín a recorrer sus amplias y rectas avenidas, los edificios vanguardistas firmados por Foster o Calatrava, el bulevar Unter der Linden arrasado por la excavadoras, el cielo de Alexanderplatz cubierto de grúas. En la capital de Europa no existe la crisis del ladrillo. Todo es nuevo y reluciente. Edificios de colores y diseños sorprendentes se alzan en calles siempre limpias.
Una familia española recorre las calles de Berlín bajo el infernal calor de julio. Al final de la tarde, cuando los pies no pueden tirar de las piernas y reclaman a gritos un descanso no hallan piazzas italianas o cafés parisinos, en los que sentarse a contemplar a los paseantes. Solo los puede acoger la sombra de la Gendarmenmarkt, con sus iglesias gemelas, para refrescarse con una deliciosa, aunque no fría, cerveza.
PD: También hay restos de un muro ;-P



jueves, 17 de julio de 2014

Try, try, try (Colbie Caillat)


Te despiertas una mañana de julio en Sevilla, tras una noche asfixiante, los aparatos de aire zumbando en tus oídos cual cigarras tecnológicas. Pensabas caminar al fresco tempranero. Incluso te has vestido con esas mallas tan cómodas y un calzado apropiado. Después del desayuno, pasadas las nueve, se ha hecho demasiado tarde. Hace tanto calor que un paseo a esa hora puede deshidratar a la más atlética.
Enfrentarse al espejo se ha convertido en un suplicio los últimos días. Pareces hinchada. ¿Estás más gorda?, te preguntas sin atreverte a poner los pies en la báscula. La cervecita, las tapas, los helados,... El verano es un cúmulo de tentaciones y tienes la tendencia natural de caer en todas.
¿Y el rostro? Desde luego que la edad no perdona, aunque te aseguraron en la tienda que aquella crema de día ocultaba las manchas. Tanto la crema de día como la de noche carecen de poderes milagrosos. Tendrás que resignarte a los efectos del tiempo en tu rostro.
En verano, las playas del mundo se pueblan de cuerpos jóvenes y hermosos, pieles doradas, largos cabellos con mechas brasileñas. En los grandes almacenes apenas quedan bikinis de tu talla y te resistes a enfundarte un bañador.
Por suerte, has encendido el ordenador mientras los fideos hervían en la sopa. Desde el facebook, has pinchado la canción.
-¡Valiente imbécil! Te has dicho entre risas.
Gracias, gracias, gracias, Colbie Caillat


Put your make up on



Get your nails done,
grow your hair
Run the extra mile

Keep it slim, so they like you

Do they like you?
Get your sexy on

Don't be shy, girl, take it off

This is what you want

To belong, so they like you

Do you like you?
You don't have to try so hard
You don't have to give it all away

You just have to get up,
get up, get up, get up

You don't have to change a single thing
You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try

You don't have to try
Get your shopping on

At the mall, max your credit cards

You don't have to choose
Buy it all, so they like you

Do they like you?
Wait a second

Why should you care
what they think of you?

When you're all alone
By yourself, do you like you?

Do you like you?
You don't have to try so hard

You don't have to give it all away

You just have to get up,
get up, get up, get up

You don't have to change a single thing
You don't have to try so hard

You don't have to bend until you break

You just have to get up,
get up, get up, get up

You don't have to change a single thing
You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try, try, try, try

You don't have to try

You don't have to try
You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try

You don't have to try
You don't have to try so hard
You don't have to give it all away

You just have to get up,
get up, get up, get up

You don't have to change a single thing
You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try,
try, try, try

You don't have to try
Take your make up off
Let your hair down, take a breath
Look into the mirror at yourself

Don't you like you?

'Cause I like you

lunes, 30 de junio de 2014

Summertime


One of these mornings
You're gonna rise, rise up singing,
You're gonna spread your wings, child
Los veranos de la infancia serpentean por un tiempo estático. El gallo tempranero arranca el sopor de una noche envuelta en sábanas sudadas. Un colchón en el patio descansa bajo la higuera y las gallinas anuncian el primer huevo de la mañana.
Se extiende ante sus ojos una larga jornada de rutinas tediosas. Pasa el paño para retirar el polvo del pomo, el respaldo, el asiento, la pata trasera, el travesaño, la pata delantera de la silla. El agua de la fregona refresca el suelo. Se entretiene dividiendo las losas del pasillo. Friega con cuidado, atendiendo escrupulosamente a la geometría.
En la habitación del fondo, con las persianas echadas, se ampara en la penumbra para viajar a la isla de Thule, hasta que una voz la reclama desde la cocina, desde el patio, desde los cobertizos.
Aún persiste la sombra sobre el columpio del gallinero. Esta mañana retiró la nata al hervir la leche, la mezcló con azúcar y la colocó en el congelador. La observa el gallo introducir, golosa, la cucharilla y saborear la nata azucarada.
Por la tarde, cuando el sol decline sobre el techo de uralita, recolectará los jazmines del patio mientras resuena el eco del culebrón radiofónico.
Para sobrevivir a los veranos de la infancia solo hay que pensar en el cucurucho de helado de turrón que romperá la siesta; la charla pausada de los mayores al fresco de la noche; el corro de niñas y niños encarando las rejas del cementerio; el Corsario Negro surcando los Mares del Sur.
Y aunque transcurran las décadas y el aire acondicionado amortigüe la pertinaz canícula, permanece en la piel un sudor antiguo de verano interminable.
Ahora, para sobrevivir al verano solo pide paz, paciencia y un poco de poesía.


martes, 20 de mayo de 2014

HISTORIA DE UN VOTO



Érase una vez un albañil de la campiña sevillana que cada año viajaba a Suiza para trabajar en la construcción. Aquel mes de mayo le sorprendió al pie de los Alpes, con más frío del que jamás pasaría en enero en su pueblo. Una llamada de su mujer le recordó que pronto celebrarían elecciones municipales.
Al albañil le faltó tiempo para pedir permiso en la obra a sabiendas de que perdería el jornal. Tomó un autobús, después un tren, hasta llegar a la capital del cantón. Al salir de la estación, encogido en su abrigo con las solapas subidas para taparse las orejas, preguntó a los transeúntes con las cuatro palabras que chapurreaba en los tres idiomas oficiales. Le ocupó media mañana, pero al fin encontró el consulado español. Antes de entrar se sentó en un parque y se comió un bocadillo de queso.
La funcionaria del consulado abrió mucho los ojos y arqueó las cejas, aunque se abstuvo de expresar sus pensamientos. Un hombre muy moreno, de manos callosas que olían a queso, se había plantado ante el mostrador y se resistía a abandonar la oficina hasta que se le permitiera ejercer su derecho al voto.
Semanas después, en un pueblo de la campiña, se hacía el recuento de las elecciones municipales. Un tumulto de nervios rodeaba a la urna. Llegó el cartero con los votos por correo, uno de ellos en un sobre de un consulado. Al rasgar el sobre, el presidente de la mesa exclamó:
-¡NULO!
Desde el fondo del gentío se oyeron voces:
-¡IMPUGNA! ¡RECURRE ESE VOTO!
La interventora miró el trozo de papel que había en el sobre. En una cuartilla, con el membrete del consulado, una mano firme con caligrafía insegura había escrito:
-”Doy mi voto a la candidatura de...”
La interventora sabía que no serviría de nada recurrir porque en efecto el voto era nulo. Sin embargo, había que intentarlo, porque aquel voto valía más que un jornal suizo, más que un billete de autobús, más que un viaje en tren, más que un bocadillo de queso.
A veces, las cosas son más sencillas de lo que parecen, por eso esta historia intenta imitar a Gianni Rodari, que fue capaz de contar en pocas frases la Historia Universal.


HISTORIA UNIVERSAL


Al principio, la Tierra estaba llena de fallos y fue una ardua tarea hacerla más habitable. No había puentes para atravesar los ríos. No había caminos para subir a los montes. ¿Quería uno sentarse? Ni siquiera un banquillo, ni sombra. ¿Se moría uno de sueño? No existían las camas.
Ni zapatos, ni botas para no pincharse los pies. No había gafas para los que veían poco. No había balones para jugar un partido; tampoco había ni ollas ni fuego para cocer los macarrones. No había nada de nada. Cero tras cero y basta.
Sólo estaban los hombres, con dos brazos para trabajar, y así se pudo poner remedio a los fallos más grandes. Pero todavía quedan muchos por corregir: ¡arremangaos, que hay trabajo para todos!


PD: También estaban las mujeres, Rodari no es perfecto. Esta historia es real aunque algunos datos sean inventados.

lunes, 7 de abril de 2014

Vivir es fácil...


Vivir no es fácil, ya abras los ojos o los cierres. David Trueba es consciente de ello cuando elige la historia de Antonio para escribir el guión. Su mirada se posa en antihéroes, personajes corrientes, que pueden vivir en tu barrio, como en Saber Perder, una novela que me conquistó.


No es casual que un profesor obtenga el papel protagonista, porque la película de Trueba no es una comedia sobre los años 60. Tampoco se trata de una road movie al uso, a pesar del coche.
Tampoco resulta baladí el personaje de una joven embarazada (“que nadie decida por mí”, protesta), ni un chico rebelde que huye de su casa. Solo el profesor que los sube al coche y actúa como protector tiene claro su objetivo, aunque pueda parecer una simpleza
-”La juventud tiene tapiadas las vistas al futuro”, se lamenta el personaje encarnado por Javier Cámara.
No es la primera vez que David Trueba une a personajes inconexos que terminan sumando sus fuerzas. Los miembros de la familia de la novela “Saber perder” andaban sin rumbo hasta que se encuentran al final de la historia.


Vivir es fácil con los ojos cerrados” no deja de ser una comedia en la que te ríes con situaciones divertidas, como apear al joven autoestopista por preferir a los Rolling. Pero la crudeza de la realidad cotidiana y el tono gris de la dictadura se pasean por la pantalla: el catalán (Ramón Fontserè) que regenta el bar mientras cuida a su hijo discapacitado y aguarda el regreso de su mujer se halla cerca de la tragedia griega; el padre autoritario y violento; el grasiento acosador de muchachas.
Los constantes guiños al presente convierten la película de Trueba en una metáfora sobre la ilusión, la esperanza, la búsqueda de la felicidad, las pequeñas acciones que generan cambios.

La sonrisa permanece horas después de acabada la sesión y sin embargo, no ha sido un éxito de taquilla.
Me he reido con “Ocho apellidos vascos”, el boom del momento. No me cabe duda que resulta sano reírse de los estereotipos, los propios y los ajenos. Por supuesto, no me he reconocido en los personajes sevillanos. Al ser de pueblo y no bailar sevillanas, no me siento identificada con los tipos que representan Alfonso Sánchez, Alberto López y Dani Rovira aunque puedo afirmar que existen y que persisten en su ombliguismo.
Ves “Ocho apellidos vascos”, te ríes y la olvidas. La lírica de “Vivir es fácil...” se adhiere a tu piel. Sevilla y Euskadi siguen teniendo un color especial, pero esta vez, y sin que sirva de precedente, prefiero como banda sonora ·”Strawberry fields for ever”.

viernes, 7 de marzo de 2014

Mujeres en la educación


A petición de algunas amigas, publico mi intervención en el acto "Educar en Igualdad", celebrado en el SP de Enseñanza de Sevilla el día 3 de marzo

"Monitoras de aula matinal, profesoras universitarias, cocineras, catedráticas, monitoras de comedor, profesoras de secundaria, monitoras administrativas, limpiadoras, maestras de infantil, de educación especial, logopedas, conserjes, maestras de taller, auxiliares de laboratorio, educadoras sociales,…
La educación es un sector en el que las mujeres trabajan de forma mayoritaria, porque tradicionalmente se ha asociado al cuidado de los demás. Sin embargo, el empleo en educación puede representarse como una pirámide, en cuya base se encuentran las mujeres y en el vértice los hombres.
En esta base de la pirámide se instalan la precariedad, la temporalidad, los contratos basura, auspiciados en muchas ocasiones por la privatización de servicios por parte de la Administración.
En la base de la pirámide se encuentra la monitora de E. Infantil que te enseña los primeros hábitos en la guardería, la cocinera que te prepara la comida, la maestra que dirige tu primera asamblea en un aula… Hasta Primaria no empiezan a aparecer los primeros varones, profesores de educación física y maestros en el tercer ciclo, por regla general, que suelen copar  los equipos directivos.  A medida que subimos por la pirámide se va equilibrando el número de hombres y de mujeres que trabajan en educación.  Pero arriba, en el vértice de la educación superior, dirigiendo nuestras universidades, apenas hay mujeres. Ni una sola rectora en los más de 500 años de historia de la Universidad de Sevilla, solo 4 decanas frente a 21 decanos en la actualidad.
Queda mucho camino por recorrer, pero no cabe duda de que las trabajadoras de la enseñanza hemos avanzado en derechos relativos a la reproducción y la conciliación: bajas por maternidad, reducción de jornada, excedencias,…
Sin embargo, podríamos asegurar que en 2014, la maternidad sigue siendo un obstáculo para el empleo de las mujeres y ese obstáculo es imposible de superar si se pretende ascender en su carrera profesional.
En un sector como el de la enseñanza, donde  en teoría no existe brecha salarial, la pobreza también tiene nombre de mujer, ya que somos las mujeres las que reducimos la jornada para conciliar, las que solicitamos excedencias para cuidar a menores y mayores, somos las mujeres las que cotizamos menos y tendremos más dificultades para la jubilación.
Ante este panorama, habría que buscar vías legislativas para implicar a los hombres en la corresponsabilidad del cuidado. También sería preciso un cambio de mentalidad y aquí, la educación, en todos sus niveles, tiene un gran papel que jugar.
La presencia mayoritaria de las mujeres en la educación no implica, por sí misma, un cambio en el reparto de tareas, en la corresponsabilidad. Son necesarias personas comprometidas con la igualdad en cada centro de trabajo, en cada escuela, instituto o facultad; mujeres y hombres que promuevan planes de igualdad y proyectos de coeducación.
Ya resultaba complicado llevar a cabo esta tarea cuando los vientos eran propicios.  Ahora que el gobierno del PP nos devuelve el olor a sacristía, a las tragedias de los abortos ilegales y a una educación elitista y segregadora, donde no se mencione la educación afectivo-sexual, más necesario se hace el compromiso con la coeducación.
Por este motivo, esta tarde, en CCOO, hacemos un llamamiento a defender la igualdad como una bandera, a defender la coeducación como una trinchera.(*)

*Parafraseando a Benedetti

lunes, 3 de febrero de 2014

Agradecimiento pedagógico


Esta tarde soleada de invierno vengo a dar las gracias. Son muchas las tardes de estudio, exámenes, trabajos y sufridas tareas estudiantiles, que he compartido con mis hijas. En contadas ocasiones han supuesto deleite o placer, menos aún amor por el arte o la literatura.
Por ese motivo, hoy deseo mostrar mi gratitud. “Es de bien nacidos ser agradecidos”, me enseñaron mis mayores.
Quiero agradecer que la profesora de lengua de M. la motive para ir al teatro, subiendo la nota por cada representación a la que asiste. Quiero dar las gracias por los aplausos en obras de Molière, Bretch o Shakespeare, por sus mejillas encendidas, por sus risas y sus ojos al borde de las lágrimas, por las incursiones a los camerinos en pos de un autógrafo.
Muestro mi reconocimiento por animarlos a tuitear versos de Cernuda y recorrer las calles de Sevilla cámara en ristre buscando las huellas del poeta. Quiero dar las gracias por la calle Acetres, la calle Aire, la Plaza del Pan y un azulejo de la Judería que recuerda que allí hubo una vez un magnolio.
Quiero agradecer especialmente “Lo que dejé por ti”, el poema que me acercó M al final de la tarde de ayer.
-”Tengo que hacer un comentario crítico”, me dijo.
Pensé en la ropa sin planchar y un documento que aún tenía que estudiar. Domingo por la tarde, el periódico aún intacto, la cena sin preparar, …
-”Deja que lo lea, este poema es muy fácil, M.”
Busqué en la estantería mi viejo libro de literatura de Bachillerato. Un almanaque hacía las veces de portada, bien conservada merced a su forro de plástico. En el interior, la firma de mi primo que heredó el libro, versos de Machado, consignas revolucionarias.
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.


Se lo abrí por la hoja en la que aparecía Alberti, recomendándole que leyera su biografía. Salí del estudio agobiada. Me esperaban la plancha, el documento, los boquerones sin freír.


Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

Al rato la oí abrir la puerta y gritar desde el descansillo de la escalera:

-¡EL POETA ESTÁ TRISTE POR EL DESTIERRO, AÑORA SU PATRIA Y LE PIDE A ROMA QUE LO COMPENSE POR TODO LO QUE HA PERDIDO! ¡QUÉ POEMA MÁS BONITO, MAMÁAA!

Sonreí con la plancha en la mano y desde entonces me persiguen estos versos:


Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

Mil gracias...