domingo, 30 de junio de 2013

LIBRO DE VERANO


Necesito un libro. Sería preferible una novela muy larga, larguísima, de no menos de ochocientas páginas. También aceptaría una saga con personajes que me acompañen durante meses. El verano es una estación ingrata si no tienes un buen libro a mano.
Necesito un libro absorbente, que me obligue a permanecer agarrada a él, como si se tratara de la tabla de un náufrago. Los seres insomnes de siesta, de aires acondicionados y estómagos aturdidos solo precisamos de un buen argumento para sobrevivir.
Necesito un libro para huir. Prometo no leer las portadas de los periódicos ni oír a comentaristas desgañitados. No quiero saber nada de ministros transmutados en orcos ni ministras apelando a la Virgen del Rocío. Por eso, no me sirve cualquier libro.
Necesito un libro que sea una obra de arte, un cuadro de Velázquez, una catedral gótica, una pirámide o la muralla china. Una novela extensa e intensa, por donde deambulen personajes creíbles e increíbles, escenarios amables, tramas inteligentes.
Necesito un libro para olvidar, una novela con un buen final, que para penas ya tenemos el telediario. Crematorio, Intemperie, Un tipo encantador y Democracia han sido mis últimas lecturas. Padezco hartazgo de realidad y deseo descansar.

domingo, 2 de junio de 2013

Carta de verano


A Amelia
Esta tarde de junio en la que la brisa se pasea apacible ahuyentando el calor, antes de que el verano se instale con su dominio de fuego, retomo con sosiego la carta que envías.
Tiene mucho mérito, amiga, haber guardado mis misivas durante tres décadas. Pienso en las cajas que las cobijaron, en los sobres que las albergaron y en las mudanzas que sufrieron sin que alteraran tu apego a estos folios emborronados en tinta.
En el verano del 82 todo era aún posible. A lo largo de los cuatro folios que has escaneado aparece una caligrafía redonda, pequeña y cuidada de quien conserva resquicios de la infancia.
La sencillez de mi prosa me provoca el sonrojo que no causan los temas. Tus temas, me dices, amiga: la política, la igualdad, la poesía,... Y los amores, los chicos, la amistad.
En el verano del 82 trabajaba por el día y estudiaba por la noche las asignaturas que mi mala cabeza había suspendido en ese afán por perseguir los problemas y capturar la vida.
Esos veranos eternos, plomizos, abrasadores, que yo odiaba con todas mis fuerzas, invitaban a leer durante la siesta y escribir largas cartas a las amigas mientras esperaba ansiosa que llegase el otoño.
Cuatro folios amarillos y un bolígrafo bic cristal donde deambulo de un tema a otro como si fuera una vagabunda de ideas para acabar improvisando un poema.
Me emociona, amiga, que hayas rescatado mis cartas del fondo de un trastero para colocarme delante del espejo de lo que fui: más joven, más inocente, más ingenua.
Mientras leía la carta regresaron a mi mente todas las imágenes de aquel verano del 82. Podía sentir el sudor atrapado en mi piel y oler la dama de noche del patio de mi casa. Mi espalda se doblaba de cansancio pero mi corazón rebosaba esperanza.
En el verano del 82, en el umbral de la vida, te escribí esta carta en la que compartía mi horror por las matanzas de Israel en Palestina. También en esto, amiga, hemos avanzado poco.