domingo, 21 de abril de 2013

Rodari enredado


Juanita Pierdedías, esa gran viajera, añoraba  las amistades que iba haciendo en cada viaje, así que abrió un perfil de facebook donde colgaba fotos y relataba sus aventuras en el País sin punta y el País con el des delante. Invitó a Jaime de Cristal, la tía Apolonia, Caperucita Amarilla y Juan el Despistado.
Gracias a su página, la tía Apolonia comercializaba sus mermeladas y colgaba vídeos de las recetas en su canal de Youtube. Su popularidad creció y creció al ritmo de los “Me gusta”, de tal manera que la contrataron para un programa de televisión y una columna de cocina en un periódico de difusión nacional.
Juanita Pierdedías reía con las ocurrencias de Caperucita Amarilla, que subía a su muro imágines en posturas inverosímiles, ataviada de negro, de azul e incluso de rojo. Tenía mucho éxito en el bosque y rápidamente cambió su foto de perfil para aparecer acompañada por el lobo, que le fisgoneaba cada amigo y quería pertenecer a todos los grupos en que comentaba Caperucita.
-Pero Caperucita, ¿por qué te muestras ante el mundo con ese impresentable? No necesitas estar acompañada de alguien para ser persona. Además, quiere controlar tu vida virtual, le explicó Juanita Pierdedías a su amiga en un mensaje privado.
Caperucita se molestó por la advertencia y durante un mes no cliqueó ni un solo Me gusta en las actualizaciones de estado de Juanita.
Al fin, Caperucita Amarilla (¿no era roja?) y el lobo rompieron. La muchacha confiaba de nuevo en su amiga, volvieron a compartir y a interactuar, hasta que la jirafa entró en su vida...
Juanita Pierdedías admiraba a Jaime de Cristal. Tras conseguir que la aceptara como amiga no dejaba de leer sus posts y comentaba cada opinión del hombre sabio, incapaz de albergar una mentira en su corazón. Aunque estuviera agotada de cansancio, aunque sus pies doloridos le pidieran descanso, Juanita recorría los kilómetros que fueren precisos hasta conseguir una buena conexión y leer las palabras certeras de Jaime de Cristal.
En uno de sus viajes llegó a la ciudad donde se hallaba preso Jaime. Efectivamente, como todo el mundo conocía gracias a las redes, la cárcel era de cristal y se podía ver con nitidez a Jaime de Cristal... ¡atendiendo los medios! Rodeado de cámaras, cables, ordenadores, Juanita Pierdedías tuvo dificultades para acercarse a su gurú, que apenas se dignó saludarla mientras una maquilladora ocultaba las mentiras que Jaime no deseaba transmitir a sus seguidores.
Hastiada de tanta hipocresía, buscó el muro de Juan el Despistado. Nadie lo conocía mejor que ella. Habían jugado en el mismo parque, asistido a la misma aula,... Recuerda con placer las mejillas sonrosadas manchadas de chocolate, la ropa rasgada, la mano olvidada en un cajón, la oreja en el tazón de leche, la pierna colgada del tendedero, la nariz en la maceta de geranios.
A pesar de su torpeza y de su tristeza crónica, se expresaba con lucidez y una fina ironía, lo que había provocado que sus seguidores se contaran por miles. Ella celebraba sus ocurrencias pero sabía que Juan el despistado no era más que un pobre chiquillo, que jamás se había preocupado por otra cosa que no fuera lamer sus propias heridas.
Sin embargo, cuando leyó que lanzaba diatribas contra las viajeras que recorrían los caminos sin ocuparse de las piedras, Juanita sintió un desgarro interior. Si ella, precisamente, tenía gran cuidado en apartar todos los guijarros,.. ¡Qué sabía Juan el despistado de caminos, rutas o senderos! Él, que jamás se había molestado en poner un pie fuera de su pequeño pueblo, no debería opinar sobre viajes sin documentarse y mucho menos atacar la afición de Juanita con tanta rabia.
A punto estuvo Juanita Pierdedías de abandonar el facebook que tan buenos ratos le había proporcionado.
Ahora ha entendido que ella tampoco se muestra transparente en las redes. Piensa que únicamente es real  lo tangible y solo la conoce quien viaja a su lado cada día. Pero tampoco está mal reírse con las locuras de Caperucita Amarilla o aprender de la pericia culinaria de Apolonia. Y si mañana le pidiera amistad el Pollito Cósmico, lo aceptaría sin dudar.