miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dolor del niño triste


Un niño triste al final de la clase. Un niño enclenque, solitario, silencioso, con el pelo sucio y el chándal barato muy gastado. A veces se sentaba solo, no porque él lo hubiera elegido, sino porque su tutora así lo decidía: no había hecho los derechos, olvidó el material, suspendió un examen...
A la maestra le consumía la rabia, pues solo veía un niño triste y solo, una madre pobre y superada por las circunstancias.
Un niño triste rodeado de uniformes, de camisetas de marca y móviles de última generación.
La maestra se hacía la olvidadiza si no llevaba el libro o no tenía hecha la tarea. Le alababa su aptitud para el idioma, su pronunciación casi perfecta sin academias ni clases extraescolares.
¡Era tan poco lo que podía hacer para aliviar su tristeza!
Hoy lo ha encontrado en la calle, junto a la biblioteca, cargando a la espalda su pesada mochila. El niño, tan pequeño, ahora estudia en el instituto.
-¿Vas a la biblioteca a estudiar?
-A hacer los deberes, ha respondido.
Con su sonrisa triste y tímida, lo ha seguido con la mirada hasta que lo ha visto entrar en el edificio.
Y ha pensado, una vez más, cuánto le duele este niño triste.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Gimnasio para mujeres


He de confesar que acudo a un gimnasio solo para mujeres. Me auto-inculpo de este pecado nada venial, pues aborrezco de todo espacio capaz de excluir a cualquier persona.
Sirva como atenuante que el gimnasio está justo al lado de mi casa y la fachada está pintada en tonos rosas y violetas, por lo que resulta difícil no caer en la tentación.
Lo visité poco después de su apertura. La gerente, rubia con mechas, talla 36, tacones de 10 centímetros y blusa de leopardo, me recibió con un peso, una cinta métrica y la más hipócrita de sus sonrisas.
-¡Quieta!, le advertí. A mí no me mide ni Dios y para decirme que pierda peso debes tener, por lo menos, un grado en medicina.
Escapé como si me hubiera topado con Freddy Krueger y no regresé hasta un año más tarde, cuando me había recuperado de la primera impresión.
La gerente seguía allí, encaramada en sus taconazos, pero esta vez le puse bien claras mis condiciones y me matriculé.
Hice de tripas corazón para no mirar la almibarada decoración, al estilo de Barbie Malibú, la música pachanguera demasiado alta y las camisetas para anoréxicas.
-¡Todo sea por la salud! Suspiré.
Asisten al gimnasio mujeres de todo tipo: jóvenes, mayores, altas, bajas, delgadas, gordas, arrugadas, siliconadas,... En la entrada hay un espacio con juegos, lápices y colores para niños y niñas. Siempre hay un par sentado allí o en la escalera, atisbando a sus madres en los aparatos.
Continuamente nos intentan motivar con todo tipo de juegos y festejos. Una vez inventaron una gymkana que incluía barrer el suelo como una prueba a superar. Cuando me acercaron la escoba solo tuve que levantar una ceja para que la retiraran inmediatamente.
Suelo evitar las fechas señaladas y los eventos, aunque a veces no me queda más remedio que acudir el día de una celebración. Da igual que sea Navidad, Carnaval, el Día de la Madre, la Feria o el Rocío. Yo siempre encuentro ridículo el festejo, me apena el disfraz de las monitoras, me sonrojo ante los premios. Lo peor es Halloween porque he de intentar superar la grima y practicar mis ejercicios sin tocar las telarañas que adornan los aparatos (¡Puah, qué asco!)
Después de un año de gimnasia, mi espalda me lo agradece cada día y yo creía estar vacunada contra la vergüenza ajena. Sin embargo, esta semana habían instalado un enorme tocador rosa, con su espejo rosa, una gran caja de maquillaje rosa, cepillos rosa, todo ello adornado con lazos rosas. Se trataba de un nuevo juego titulado “Más bonita que ninguna”. Para ambientar el evento decoraron la sala de aparatos con fotos con rostros bellísimos, bocas perfectas... La mujer que sudaba a mi lado me habló compungida:
-Míralas, ellas sí que son guapas.
-Estás equivocada, le contesté. Las fotos están retocadas con photoshop.
Entonces me detuve a observar a la docena de mujeres que se esforzaban en el gimnasio: sin maquillaje, con el pelo recogido, cansadas tras la jornada laboral, los niños asomados a la escalera,... Mujeres jóvenes, viejas, gordas, delgadas, pero todas, todas, mujeres bellas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Razones y confianzas

Razones

Instalada en una edad indefinida, entre los 50 y los 60 años, a pesar de los kilos y los años que no perdonan, aún conserva unos ojos bellos aunque tristísimos.
Llega por enésima vez para preguntar si hay alguna posibilidad de una sustitución, una baja por enfermedad, unos días de trabajo... Pero no hay nada, ni un atisbo de esperanza para ella. Ojalá pudiera ir a la huelga, asegura, porque ella nunca ha dejado de movilizarse y aunque esté desempleada no se quedará en casa el 14 de noviembre.
Porque si se detiene se cae. Y ella, con sus ojos tristes, prefiere seguir caminando, repartir comida en el barrio, crear grupos de ayuda mutua, escuchar a otras personas. Porque si mira alrededor no piensa en sí misma, no tiene tiempo para caer en la desesperación.

Confianzas

Al regresar a casa, con los ojos de ella prendidos en mi mente, enciendo el ordenador y me conecto al bendito twitter que me acerca este poema de Juan Gelman:

se sienta a la mesa y escribe

"con este poema no tomarás el poder" dice
"con estos versos no harás la Revolución" dice
"ni con miles de versos harás la Revolución" dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán
no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos
ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

"con este poema no tomarás el poder" dice
"con estos versos no harás la Revolución" dice
"ni con miles de versos harás la Revolución" dice

se sienta a la mesa y escribe”