lunes, 22 de octubre de 2012

Para supervivientes


No resulta fácil reconocer a un superviviente. Mantienen en todo momento una apariencia corriente, incluso anodina. Su ropa, su corte de pelo, su postura corporal y sus andares no reflejan su condición. Se levantan cada mañana y acuden a su trabajo, si lo tienen, o a la cola del paro en el caso de encontrarse en esta situación. Compran en el mismo supermercado que tú, toman una cerveza en el bar de la esquina, pasean el perro por el parque...
Vives rodeada de supervivientes aunque existen muy pocas probabilidades de que los puedas distinguir.
En la mayoría de los casos no son conscientes de que poseen la marca de la supervivencia. Desde muy jóvenes entienden de tropiezos y caídas. Las piedras del camino son habituales compañeras de viaje y han aprendido a caer y a levantarse, caer y levantarse, caer y levantarse,...
La persona superviviente tiene la piel curtida por heridas y desgarros. Ha adquirido la costumbre de aplicar emplastos para que el dolor no le impida continuar el camino. Pero lejos de endurecerse continúa mostrándose sensible ante el dolor propio o ajeno. Y cuando no está ocupada en alzarse tras la última caída se dedica a aplicar ungüentos o menguar tristezas..
No penséis que la edad es un indicio de supervivencia. Hay personas que alcanzan la madurez sin un solo rasguño mientras niñas o niños que apenas se mantienen en pie ya llevan la marca como si fuera un tatuaje.
Solo quien ha sobrevivido posee la curiosa habilidad de descubrir a otro superviviente.
A veces, sin previo aviso, conoces a alguien con quien conectas fácilmente, alguien que no necesita explicaciones, ni argumentos. No importa el estado, la edad o el género, porque los supervivientes se reconocen entre sí y forman alianzas. Bastan una mirada, un gesto y alguien que te susurra al oído:
-Tranquila, yo también he sobrevivido.

sábado, 13 de octubre de 2012

La suerte de las feas


En la tertulia matinal de la Cadena Ser, los tertulianos hablan sobre la pareja del nuevo presidente francés, F. Hollande. Solo al final de tan interesante debate una de las tertulianas se atreve a comentar tímidamente:
-¡Vaya tontería! ¿Por qué no debatimos ahora sobre el estilismo del marido de Mérkel?
Escucha la radio mientras desayuna en la cocina. Ni siquiera se asombra de ese hábito de cuestionar a las mujeres públicas por su aspecto físico o su adaptación a la moda, como si la gestión y el discurso tuvieran que conjuntarse con el peinado.
El día antes había leído un artículo titulado La liberación de Hillary, donde se muestra a una señora Clinton feliz por acercarse a los sesenta y no tener que avergonzarse de sus gafas de miope o su imagen poco agraciada.
Se ha pasado media vida deseando ser más alta, más delgada, más bella, aunque no más rubia, con la certeza de que ellas lo tenían más fácil.
En la juventud creía que las mujeres poseedoras del don de la belleza no sufrían amores no correspondidos, ni siquiera padecían mal de amores. Ese regalo con el que habían nacido, por el que no habían tenido que luchar, las envolvía como un halo y las inmunizaba contra las tristezas adolescentes.
Incluso lo tenían más fácil a la hora de ser atendidas en una tienda, un mostrador, un despacho o ante una demanda de empleo.
Poco consuelo le ofrecían el refranero y la sabiduría popular que repetían que “con lo bonito no se come” o “a ti te querrán por tu belleza interior”, como si a alguien le interesara realmente una buena conversación.
Ahora que se encuentra en esa madurez donde las canas asoman y las arrugas se abren paso sin remedio, no siente envidia de las mujeres jóvenes y bellas.
Por contra, se compadece de aquellas que disfrutaron del don de la hermosura y lo convirtieron en su principal valor, sin intuir su carácter efímero. Las ve empeñarse en mantener la piel tersa y la figura espléndida. Confían en los cantos de sirena de la publicidad, gastando fortunas en cremas, tratamientos de belleza y gimnasios, en una lucha infructuosa contra lo irremediable.
Por fin ha entendido que no son más que víctimas y solo lamenta el tiempo perdido por desconfiar del refranero.