viernes, 25 de mayo de 2012

Escarcha de tus días

Después del almuerzo C. y yo preparamos una quiche para presentar en la semana de la francofonía de su instituto.
-Tú serás mi pinche, le digo.
-Yo no soy pinche, soy cocinera, refunfuña como cándida adolescente.
-Todos los cocineros han tenido que ser antes pinches.
Intento convencerla pero se resiste.
-Pues yo no seré nunca pinche, cocinera desde el principio, sigue protestando.
Al fin se conforma con pesar los ingredientes, picar el bacon y la cebolla en trozos muy pequeños. Mientras corta con precisión milimétrica la oigo canturrear:
 "Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre  y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda"
-¡Ah!, ¿pero te sabes esa canción?
_¡Como para no sabérselo! exclama con un bufido mientras me dirige una de sus sonrisas picaronas

lunes, 14 de mayo de 2012

MUNDOS ILETRADOS Y HOJAS SARRACENAS

A petición de la Tribu 2.0 escribí  este AUTORRETRATO LECTOR, que ahora transcribo aquí:

Nada hacía presagiar que me convertiría en lectora contumaz. El único libro que había en mi casa era el libro de familia. Veranos tediosos y siestas eternas en las que mi padre me enseñaba a escribir palabras en el aire. Noches de invierno al calor del brasero de picón en las que mi madre contaba historias reales que nada tenían que envidiar a los novelones dieciochescos... Éstos son los antecedentes literarios de mi infancia.
Vivíamos en un mundo iletrado, lleno de canciones de corro y juegos en la calle, de coplas flamencas y culebrones radiofónicos, en calles sin asfaltar, enfangadas en invierno, polvorientas en verano.
Pero todo cambió el día que entró en mi vida “La hoja sarracena”.
Hasta ese momento, mi hermano y yo habíamos sido devoradores de cómics: Jabato, Capitán Trueno, Zipi y Zape, Mortadelo,... Comprábamos, prestábamos y leíamos cuanto caía en nuestras manos. Yo me perdía en el dormitorio entre los tebeos amontonados cuando me mandaban a barrer o limpiar el polvo.
En el verano del 72, el cartero del pueblo nos prestó su único libro: “La hoja sarracena” de Frank Yerby. Aún recuerdo las pastas azules y las hojas amarillentas. Con nueve años fue mi primera novela. Mi hermano y yo nos la disputábamos. Esperábamos que el otro se descuidara para robarla y leer a escondidas en el cobertizo, bajo la parra del corral o detrás del gallinero. ¡Cual no sería nuestra decepción al llegar al final y comprobar que alguien había arrancado la última página! ¡Nunca conoceríamos el destino de Pietro di Donati!
A partir de ahí comencé una ardua investigación para obtener libros de bibliotecas particulares, del colegio. Leía cualquier cosa que pasara por mis manos: tebeos, novelas del oeste, fotonovelas, Julio Verne, Salgari cargado de corsarios y rodeado por los mares del sur, “Sadako y las mil grullas de papel”, “Gora” de Rabindranath Tagore. Entre todas aquellas lecturas, me impresionó sobremanera “Viento del Este, viento del Oeste” de Pearl S. Buck.
Me veo a mí misma, después del colegio, sentada en la mecedora leyendo mientras tomo la merienda; escondiendo los libros debajo de la labor de costura, aguardando un descuido de mi madre para leer; de madrugada, con una linterna bajo las mantas, esperando el momento en que todos durmieran para acabar una novela que debía devolver.
Otro de esos veranos interminables, secos y tediosos, descubrí la poesía en un libro de bachillerato de mi hermano. El cartero, de nuevo, me había prestado un manual de mecanografía. Harta de aporrear las teclas y escribir series de letras sin sentido, abrí aquel libro y me dediqué a copiar poemas de Bécquer, Rubén Darío, Espronceda o Machado. Aún conservo aquel manual forrado de plástico blanco.
Hasta los catorce años no compré mi primer libro, una antología de Miguel Hernández de la editorial Cátedra que fue durante mucho tiempo mi mayor tesoro.
Los libros siempre me han acompañado, en los momentos de relajación pero especialmente en los de angustia: hospitales, salas de espera, estaciones de autobuses,...
Cuando iba a tener a mi primera hija, entre contracción y contracción, me acompañaba Benedetti y su “Primavera con una esquina rota”. Alejé el fantasma de la depresión pos-parto releyendo una y otra vez “El jinete polaco” de Muñoz Molina. Si estoy triste busco de nuevo a Jane Austen y la coloco en mi mesita de noche.
Ahora tengo muchos libros. Mi biblioteca, como mis lecturas, no responden a ningún orden lógico. Me gusta tenerlos cerca, pasearme por los estantes de las librerías, tocar sus lomos, recorrer los pasillos de las bibliotecas públicas,... También presto y me prestan. Hace poco adquirí un volumen de “Viento del Este y viento del Oeste” y desapareció en un préstamo. No me importa. Los libros están para ser leídos.
Aunque últimamente también soy lectora de pantallas: prensa digital, blogs, webs, mensajes y comentarios, tuits, vídeos,... Tengo la impresión de que me paso el día leyendo. No hace mucho me regalaron un e-book. Mi desconfianza inicial solo duró el tiempo justo de comprobar la levedad de una novela de ochocientas paginas en mi bolso.
Aunque nada hacía presagiar que me convertiría en una lectora persistente, contumaz, anárquica y apasionada, tal vez influyeran las novelas de Mika Waltari que mi padre tomaba prestadas del Casinillo del pueblo o que unas nanas cantadas por mi madre son los versos más bellos que conozco.
Quizás, simplemente, busco en todos los libros el final de “La hoja sarracena”.

miércoles, 9 de mayo de 2012

PREMIO LIEBSTER

Este blog, que surgió por casualidad y sin ninguna expectativa, me ha proporcionado muchas satisfacciones, entre ellas contactar con personas a las que me unen distintos intereses. Es un blog pequeño y humilde en el que me permito escribir sobre lo que me apetece y cuando me parece conveniente.
Es por ello que me llena de satisfacción tener lectores/as y aún más que consideren que merezco un premio Leibster (Significa favorito en alemán). He recibido este galardón, destinado a blogs poco conocidos, por dos vías diferentes.
La primera es a través de Manolo López y su blog Mi clase de lengua. Curioso es que después de algunas brazadas y muchas conversaciones acuáticas, además de ser la tutora de su hijo, acordáramos que nos unían dos pasiones: la educación y la literatura.
La segunda mención la realiza Carmen Cañabate en su blog Cuentos de brujas y otras zarandanjas. Me emociona que el azar de Internet nos pusiera en contacto y podamos seguir leyéndonos y compartiendo desde entonces.
El blog que recibe este premio ha de cumplir las siguientes encomiendas:
-Copiar y pegar el premio en el blog enlazándolo con el blogger que te lo ha otorgado.
-Premiar a tus cinco blogs favoritos con la condición de que tengan menos de doscientos seguidores.
-Dejarles un comentario en sus entradas para notificarles que han ganado el premio.
Sin lugar a dudas, yo hubiera premiado a los dos blogs antes mencionados, pero estoy obligada a galardonar a cinco diferentes. Ésta es mi selección.
-El rincón solidario del IES Gran Capitán administrado por @rafadelcastillo, para que siga agitando nuestras conciencias.
-El blog de música de mi compañera Carmen López en reconocimiento a su buen hacer en la difusión de la música.
-El blog de mi ex-alumna Lidia Soto porque transmite dulzura y emoción con sus palabras.
-El blog de otro ex-alumna, Lucía Rodríguez,  que siempre está creando e investigando en la red.
-Uno de mis últimos descubrimientos en el espacio virtual de Baltasar Isla, que, cargado de añoranza, sigue el camino de la escritura para recuperar la infancia perdida.

sábado, 5 de mayo de 2012

HISTORIA DE ANANUBE



Solo tenía dos días cuando Ananube entró en aquella casa sin muebles. Abrió mucho los ojos al sentirse deslumbrada por las paredes blancas. En el salón había un sofá, un pequeño televisor, un teléfono sobre una caja de cartón y un coche de bebé en el centro.
Uff!, ¿dónde he caído yo?, habría exclamado Ananube si hubiese podido hablar.
Se limitó a observar desde los brazos de su madre que la depositó, con mucha aprensión, en el carro. Las sábanas eran suaves y tenían un pequeño detalle bordado a mano.
Al cochecito de bebé se asomaron dos cabezas que ya le eran familiares: la muchacha ojerosa que debía ser su madre y el chico con rostro asustadizo que seguramente sería su padre.
-¡Vaya suerte!, habría pensado Ananube. ¡Una madre primeriza y un padre novato! Anda que empezamos bien.
Pero como estaba muy cansada del viaje se durmió plácidamente. Despertó horas más tarde en un cuarto de baño donde habían instalado una bañera plegable. La madre la sostenía mientras el padre intentaba averiguar la temperatura del agua introduciendo el codo en la bañera.
-¡Sacadme de aquí, que este novato me ahogaaa!, debería haber gritado Ananube.
Sin embargo, no gritó, ni lloró, solo abrió mucho los ojos para no perder detalle.
Sobrevivió Ananube a su primer baño aunque a punto estuvo de fallecer de inanición. A la madre primeriza no le subía la leche, así que ahíta de calostros, con el culete limpio y un pañal mal colocado la llevaron al dormitorio. Tampoco había cortinas, lámparas o muebles, solo una cama muy grande y un capazo forrado de blanco.
-Al fin me dejarán dormir, que esto de vivir es muy cansado, habría suspirado Ananube.
Tampoco pudo descansar tranquila, porque la madre primeriza se pasó la noche tocándola para comprobar que respiraba.
Aquel mes de mayo llovió de forma inusual. Algunas mañanas no podían pasear, así que la pobre Ananube tenía que soportar a la madre primeriza desentonar todo el repertorio de Serrat, Sabina y Víctor Manuel, con lo cual quedó vacunada anti-cantautores para toda la vida.
Con el paso de los días se fue habituando a la casa sin muebles, a la mirada temerosa de la primeriza, a los brazos sorprendidos del novato. Se sentía cómoda y feliz. Dormía tantas horas que la madre se asomaba a la cuna continuamente.
-¿Esta niña no llora nunca?, preguntaban las visitas.
Qué manía! ¿Para qué queréis que llore?, podría haber respondido Ananube si hubiera sabido hablar.
Tenía tanto miedo de la inexperiencia de su mamá y su papá, que decidió ser una niña noble y buena para hacerles la vida más fácil.
Al cumplir su primer año, regalaron a Ananube un dormitorio con cama, armario, estanterías. Tenía incluso una cortina con ositos y una lámpara. Estaba tan contenta que comenzó a chapurrear sus primeras palabras.
Sus padres pensaron que era muy fácil criar un bebé y decidieron darle a Ananube un hermanito o una hermanita.
“Pero esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión”.