sábado, 29 de diciembre de 2012

Deseos para un año impar.


El número 13 me rodea, convive conmigo cada día, así que no lo temo. Al contrario, las cifras impares me parecen divertidas, creativas y originales. Me niego a creer que el 2013 pueda ser peor que este "annus horribilis" del que nos despedimos. Como es barato albergar esperanzas y anhelos, he decidido comenzar el año con optimismo y desear que se hagan realidad los sueños de quienes me rodean. Mi lista está compuesta únicamente por veintisiete deseos, uno por cada letra del alfabeto, pero si ves tu reflejo en alguno de ellos, no te quepa duda de que es mera coincidencia:
-El próximo año, sobre la cabeza de A dejará de pender la amenaza del desahucio.
-B, que trabaja como ingeniero en Londres, regresará con un contrato bajo el brazo y volverá a disfrutar del sol de Sevilla y los potajes de su madre.
-La novia de C encontrará trabajo y podrán, al fin, vivir juntos e incluso plantearse la posibilidad de ser padres.
-La jornada laboral de D no se verá reducida y cobrará su sueldo íntegro.
-Después de albergar temores sobre el retraso de la edad de jubilación, en 2013, E se convertirá en un jubilado ocioso.
-Como no lloverá los fines de semana, F colocará los veladores de su cafetería bajo el sol del invierno.
-Las nueras de G abandonarán la lista del paro.
-H aprobará el MIR y no tendrá que emigrar.
-La glucemia de I no se verá alterada aunque se pase un poco con la comida.
-J conseguirá un empleo donde lo exploten menos que ahora.
-K se enamorará.
-L encontrará pareja.
-El hijo de M aprobará la selectividad.
-La ley de dependencia verá aumentado su presupuesto, por lo que a N le ampliarán la jornada laboral.
-Al bajar el IVA, los clientes de Ñ tomarán dos cervezas en lugar de una.
-La vecina de O recuperará la sonrisa y se sentará en la puerta de su casa a tomar el fresco las noches de verano.
-El hijo de P se pondrá, por fin, a estudiar.
-A la jefa de Q la trasladarán a un puesto de rango inferior en las antípodas.
-R y S se fugarán un fin de semana y el lunes por la mañana no se sentirán culpables.
-T se quedará embarazada.
-En el concurso de traslados, a U le adjudicarán un destino cercano a su casa e irá en bicicleta al colegio.
-La hija de V mejorará de su enfermedad.
-El ex marido de W pagará la pensión alimenticia. (¡Albricias!)
-X publicará una novela.
-A Y le darán un papel en una película.
-El gobierno del país de Z dimitirá presionado por la movilización popular.
Si tenemos en cuenta que Z vive en el mismo país que el resto del alfabeto, seguro que organizarán una gran fiesta en la calle a la que nos invitarán.
FELIZ 2013 

sábado, 8 de diciembre de 2012

LOMCE VS COEDUCACIÓN


En esta pesadilla en la que nos debatimos últimamente, cuando encender el ordenador cada mañana y asomarse a los titulares de la prensa nacional se ha convertido en un acto de masoquismo, nos cae encima la LOMCE, esa ley que el ministro Wert (alter ego de Gollum) ha escrito en un menage à trois con la conferencia episcopal y el OPUS DEI.
Se suceden las noticias, reportajes y columnas reprobando el engendro que nos devolverá a la escuela del franquismo, a un modelo segregador, que ahonda en las diferencias, academicista y revanchista.
La teoría neoliberal y mercantilista que subyace nos presenta la educación como mera urdidora de mano de obra lista para acceder al mercado laboral con las manos atadas y la boca cerrada. Nunca había cobrado tanta actualidad el dibujo de Tonucci “La máquina de la escuela”.
Los medios de comunicación se empecinan en el debate sobre el aprendizaje del catalán y el ministro declara que se crece con cada polémica.
Se denuncia la disminución de la participación del claustro y de la comunidad educativa en los consejos escolares al tiempo que se profesionaliza la dirección de los centros y se les dota de más poder.
No hace mucho, desde este blog, lamentaba que nuestro sistema educativo no garantizaba la equidad y en este momento añoro aquella situación.
Ni dos años han pasado por el documento en el que analizaba los logros y deficiencias del Plan de Igualdad.
¿Plan de Igualdad? ¿He dicho Plan de Igualdad?
Hasta hace muy poco, algunas (también algunos) docentes teníamos un sueño. Creíamos que la escuela mixta no facilitaba la igualdad entre mujeres y hombres y pretendíamos encaminarnos hacia la escuela coeducativa.
Si lo pensáramos detenidamente, si no estuviéramos noqueados por el cúmulo de noticias aterradoras, nos echaríamos a llorar.
¿Dónde quedan la educación emocional, la convivencia, los saberes de las mujeres, la corresponsabilidad?
En el primer párrafo del primer borrador de la LOMCE aparece el vocablo fatídico, el concepto sobre el que gira esta ley, la palabra “competición”. Creíamos que para educar era preciso cooperar, colaborar, coordinar, construir. El prefijo “co”, también presente en el concepto coeducación, y que significa “en compañía de” pierde valor frente a la competición que pierde su sentido etimológico para quedarse en el enfrentamiento, la medición constante de alumnado y centros educativos en pos de los mejores puestos de un ranking.
No cabe duda que una evaluación adecuada del sistema educativo podría suponer mejoras pero la LOMCE, según Miguel Ángel Santos Guerra, pretende dedicar más esfuerzo a pesar el pollo que a engordarlo.
La Educación para la Ciudadanía, otro espacio para la coeducación, deja de existir y la educación en valores se convierte en alternativa a la religión. ¿Acaso no es una pesadilla? ¿No nos libraremos nunca de la religión en la escuela?
Ética para la Ciudadanía de 4º de ESO también desaparece y con ella la posibilidad de estudiar contenidos relativos a los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres así como la optativa cambios sociales y género.
Para colmo, en la ley queda explícito que los centros concertados pueden segregar por sexos sin riesgo de perder el concierto.
No solo no avanzamos, sino que está en peligro la escuela mixta relegando la coeducación a las catacumbas del currículum educativo.
Y todo ello redactado con un masculino genérico y excluyente.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Dolor del niño triste


Un niño triste al final de la clase. Un niño enclenque, solitario, silencioso, con el pelo sucio y el chándal barato muy gastado. A veces se sentaba solo, no porque él lo hubiera elegido, sino porque su tutora así lo decidía: no había hecho los derechos, olvidó el material, suspendió un examen...
A la maestra le consumía la rabia, pues solo veía un niño triste y solo, una madre pobre y superada por las circunstancias.
Un niño triste rodeado de uniformes, de camisetas de marca y móviles de última generación.
La maestra se hacía la olvidadiza si no llevaba el libro o no tenía hecha la tarea. Le alababa su aptitud para el idioma, su pronunciación casi perfecta sin academias ni clases extraescolares.
¡Era tan poco lo que podía hacer para aliviar su tristeza!
Hoy lo ha encontrado en la calle, junto a la biblioteca, cargando a la espalda su pesada mochila. El niño, tan pequeño, ahora estudia en el instituto.
-¿Vas a la biblioteca a estudiar?
-A hacer los deberes, ha respondido.
Con su sonrisa triste y tímida, lo ha seguido con la mirada hasta que lo ha visto entrar en el edificio.
Y ha pensado, una vez más, cuánto le duele este niño triste.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Gimnasio para mujeres


He de confesar que acudo a un gimnasio solo para mujeres. Me auto-inculpo de este pecado nada venial, pues aborrezco de todo espacio capaz de excluir a cualquier persona.
Sirva como atenuante que el gimnasio está justo al lado de mi casa y la fachada está pintada en tonos rosas y violetas, por lo que resulta difícil no caer en la tentación.
Lo visité poco después de su apertura. La gerente, rubia con mechas, talla 36, tacones de 10 centímetros y blusa de leopardo, me recibió con un peso, una cinta métrica y la más hipócrita de sus sonrisas.
-¡Quieta!, le advertí. A mí no me mide ni Dios y para decirme que pierda peso debes tener, por lo menos, un grado en medicina.
Escapé como si me hubiera topado con Freddy Krueger y no regresé hasta un año más tarde, cuando me había recuperado de la primera impresión.
La gerente seguía allí, encaramada en sus taconazos, pero esta vez le puse bien claras mis condiciones y me matriculé.
Hice de tripas corazón para no mirar la almibarada decoración, al estilo de Barbie Malibú, la música pachanguera demasiado alta y las camisetas para anoréxicas.
-¡Todo sea por la salud! Suspiré.
Asisten al gimnasio mujeres de todo tipo: jóvenes, mayores, altas, bajas, delgadas, gordas, arrugadas, siliconadas,... En la entrada hay un espacio con juegos, lápices y colores para niños y niñas. Siempre hay un par sentado allí o en la escalera, atisbando a sus madres en los aparatos.
Continuamente nos intentan motivar con todo tipo de juegos y festejos. Una vez inventaron una gymkana que incluía barrer el suelo como una prueba a superar. Cuando me acercaron la escoba solo tuve que levantar una ceja para que la retiraran inmediatamente.
Suelo evitar las fechas señaladas y los eventos, aunque a veces no me queda más remedio que acudir el día de una celebración. Da igual que sea Navidad, Carnaval, el Día de la Madre, la Feria o el Rocío. Yo siempre encuentro ridículo el festejo, me apena el disfraz de las monitoras, me sonrojo ante los premios. Lo peor es Halloween porque he de intentar superar la grima y practicar mis ejercicios sin tocar las telarañas que adornan los aparatos (¡Puah, qué asco!)
Después de un año de gimnasia, mi espalda me lo agradece cada día y yo creía estar vacunada contra la vergüenza ajena. Sin embargo, esta semana habían instalado un enorme tocador rosa, con su espejo rosa, una gran caja de maquillaje rosa, cepillos rosa, todo ello adornado con lazos rosas. Se trataba de un nuevo juego titulado “Más bonita que ninguna”. Para ambientar el evento decoraron la sala de aparatos con fotos con rostros bellísimos, bocas perfectas... La mujer que sudaba a mi lado me habló compungida:
-Míralas, ellas sí que son guapas.
-Estás equivocada, le contesté. Las fotos están retocadas con photoshop.
Entonces me detuve a observar a la docena de mujeres que se esforzaban en el gimnasio: sin maquillaje, con el pelo recogido, cansadas tras la jornada laboral, los niños asomados a la escalera,... Mujeres jóvenes, viejas, gordas, delgadas, pero todas, todas, mujeres bellas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Razones y confianzas

Razones

Instalada en una edad indefinida, entre los 50 y los 60 años, a pesar de los kilos y los años que no perdonan, aún conserva unos ojos bellos aunque tristísimos.
Llega por enésima vez para preguntar si hay alguna posibilidad de una sustitución, una baja por enfermedad, unos días de trabajo... Pero no hay nada, ni un atisbo de esperanza para ella. Ojalá pudiera ir a la huelga, asegura, porque ella nunca ha dejado de movilizarse y aunque esté desempleada no se quedará en casa el 14 de noviembre.
Porque si se detiene se cae. Y ella, con sus ojos tristes, prefiere seguir caminando, repartir comida en el barrio, crear grupos de ayuda mutua, escuchar a otras personas. Porque si mira alrededor no piensa en sí misma, no tiene tiempo para caer en la desesperación.

Confianzas

Al regresar a casa, con los ojos de ella prendidos en mi mente, enciendo el ordenador y me conecto al bendito twitter que me acerca este poema de Juan Gelman:

se sienta a la mesa y escribe

"con este poema no tomarás el poder" dice
"con estos versos no harás la Revolución" dice
"ni con miles de versos harás la Revolución" dice

y más: esos versos no han de servirle para
que peones maestros hacheros vivan mejor
coman mejor o él mismo coma viva mejor
ni para enamorar a una le servirán
no ganará plata con ellos
no entrará al cine gratis con ellos
no le darán ropa por ellos
no conseguirá tabaco o vino por ellos
ni papagayos ni bufandas ni barcos
ni toros ni paraguas conseguirá por ellos
si por ellos fuera la lluvia lo mojará
no alcanzará perdón o gracia por ellos

"con este poema no tomarás el poder" dice
"con estos versos no harás la Revolución" dice
"ni con miles de versos harás la Revolución" dice

se sienta a la mesa y escribe”


lunes, 22 de octubre de 2012

Para supervivientes


No resulta fácil reconocer a un superviviente. Mantienen en todo momento una apariencia corriente, incluso anodina. Su ropa, su corte de pelo, su postura corporal y sus andares no reflejan su condición. Se levantan cada mañana y acuden a su trabajo, si lo tienen, o a la cola del paro en el caso de encontrarse en esta situación. Compran en el mismo supermercado que tú, toman una cerveza en el bar de la esquina, pasean el perro por el parque...
Vives rodeada de supervivientes aunque existen muy pocas probabilidades de que los puedas distinguir.
En la mayoría de los casos no son conscientes de que poseen la marca de la supervivencia. Desde muy jóvenes entienden de tropiezos y caídas. Las piedras del camino son habituales compañeras de viaje y han aprendido a caer y a levantarse, caer y levantarse, caer y levantarse,...
La persona superviviente tiene la piel curtida por heridas y desgarros. Ha adquirido la costumbre de aplicar emplastos para que el dolor no le impida continuar el camino. Pero lejos de endurecerse continúa mostrándose sensible ante el dolor propio o ajeno. Y cuando no está ocupada en alzarse tras la última caída se dedica a aplicar ungüentos o menguar tristezas..
No penséis que la edad es un indicio de supervivencia. Hay personas que alcanzan la madurez sin un solo rasguño mientras niñas o niños que apenas se mantienen en pie ya llevan la marca como si fuera un tatuaje.
Solo quien ha sobrevivido posee la curiosa habilidad de descubrir a otro superviviente.
A veces, sin previo aviso, conoces a alguien con quien conectas fácilmente, alguien que no necesita explicaciones, ni argumentos. No importa el estado, la edad o el género, porque los supervivientes se reconocen entre sí y forman alianzas. Bastan una mirada, un gesto y alguien que te susurra al oído:
-Tranquila, yo también he sobrevivido.

sábado, 13 de octubre de 2012

La suerte de las feas


En la tertulia matinal de la Cadena Ser, los tertulianos hablan sobre la pareja del nuevo presidente francés, F. Hollande. Solo al final de tan interesante debate una de las tertulianas se atreve a comentar tímidamente:
-¡Vaya tontería! ¿Por qué no debatimos ahora sobre el estilismo del marido de Mérkel?
Escucha la radio mientras desayuna en la cocina. Ni siquiera se asombra de ese hábito de cuestionar a las mujeres públicas por su aspecto físico o su adaptación a la moda, como si la gestión y el discurso tuvieran que conjuntarse con el peinado.
El día antes había leído un artículo titulado La liberación de Hillary, donde se muestra a una señora Clinton feliz por acercarse a los sesenta y no tener que avergonzarse de sus gafas de miope o su imagen poco agraciada.
Se ha pasado media vida deseando ser más alta, más delgada, más bella, aunque no más rubia, con la certeza de que ellas lo tenían más fácil.
En la juventud creía que las mujeres poseedoras del don de la belleza no sufrían amores no correspondidos, ni siquiera padecían mal de amores. Ese regalo con el que habían nacido, por el que no habían tenido que luchar, las envolvía como un halo y las inmunizaba contra las tristezas adolescentes.
Incluso lo tenían más fácil a la hora de ser atendidas en una tienda, un mostrador, un despacho o ante una demanda de empleo.
Poco consuelo le ofrecían el refranero y la sabiduría popular que repetían que “con lo bonito no se come” o “a ti te querrán por tu belleza interior”, como si a alguien le interesara realmente una buena conversación.
Ahora que se encuentra en esa madurez donde las canas asoman y las arrugas se abren paso sin remedio, no siente envidia de las mujeres jóvenes y bellas.
Por contra, se compadece de aquellas que disfrutaron del don de la hermosura y lo convirtieron en su principal valor, sin intuir su carácter efímero. Las ve empeñarse en mantener la piel tersa y la figura espléndida. Confían en los cantos de sirena de la publicidad, gastando fortunas en cremas, tratamientos de belleza y gimnasios, en una lucha infructuosa contra lo irremediable.
Por fin ha entendido que no son más que víctimas y solo lamenta el tiempo perdido por desconfiar del refranero.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Estación del Prado

El día que mis ojos se posaron en Valdelarco cumplí un viejo sueño. Ante mí aparecieron, por fin, los tejados que trepan por el cerro sosteniendo la torre.
Durante años, la imagen del pueblo onubense me saludaba al entrar en la estación del Prado como una promesa de felicidad. Un autobús te podía acercar a la tierra prometida, al pueblo encaramado en el cerro, al abrigo de las chimeneas, al calor del carbón de encina.
Siendo estudiante, cada viernes pasaba delante del mural con la maleta a cuestas, repleta de ropa sucia y el domingo por la tarde regresaba con la misma maleta oliendo a suavizante, tortilla de patatas, filetes empanados. Mientras, me aguardaban en la estación las calles empinadas de Valdelarco.
En la estación adquirí el concepto de la espera. Arrebujada en el abrigo, sentada en un banco de hierro, permanecía inalterable a los vientos que se daban cita entre las columnas y los andenes. Solo cabía sostener el libro, los apuntes, el periódico y leer mientras llegaba el autobús; pararse a observar a los viajeros que deambulaban; recorrer la estación en un corto paseo esquivando los pasos.
Siempre había un hombre de edad indefinida que ofrecía la mercancía en un canasto, apostado junto a una columna.
Recuerdo el kiosco de chuches, que exponía las naranjas y los limones de caramelo que mis padres me regalaban de pequeña tras alguno de sus escasos viajes a Sevilla, cuando la ciudad parecía situarse más lejos de lo que ahora creemos. Para mí las naranjas y limones de caramelo están asociados a la estación, como si fueran el único lugar posible donde se pudiesen adquirir.
Ojalá muchas generaciones pudiesen apearse en un andén, arrastrar sus maletas por el hall, tomar un taxi o un autobús, cruzar la calle y descansar a la sombra en los jardines de Murillo, caminar por el callejón del Agua, asistir a una función en el teatro Lope de Vega tan cercano, sentir el paso del tiempo, los pasos perdidos, las miradas esquivas, las sonrisas rotas, la vida que palpita en la estación.


domingo, 9 de septiembre de 2012

Viento del este, viento del oeste

La vida es tan corta que apenas permite leer unos pocos libros, una mínima porción de las historias que pueblan el planeta. Tenemos tanta prisa por recorrer nuevos caminos que difícilmente hollaremos la tierra antes pisada.
De vez en cuando es preciso detener el paso, girar la cabeza hacia atrás y tomar aire profundamente.
Entonces aparece el momento adecuado para releer un libro que haya dejado cicatrices en tu piel y contrastar el recuerdo y presente de la prosa a la que te enfrentas por segunda vez.
A los trece o catorce me topé con Viento del Este, Viento del Oeste de Pearl S. Buck. Este encuentro casual me produjo tal conmoción que perduró a lo largo de varias décadas y muchas lecturas.
Dos imágenes se alojaron en mi mente: la venda que la protagonista se retira del pie prisionero y su mano torpe, incapaz de girar un picaporte.
El transcurrir del tiempo no restó interés al segundo encuentro.
En la primera de las historias que narra la protagonista, Kwie-lan (ante mis ojos de mujer adulta, no es más que una niña inocente) no se plantea en ningún momento que pueda haber otro mundo más allá de los muros de la tradición. Su educación ha sido estricta y exigente pues su matrimonio se concertó desde niña y pertenecerá a la familia de su marido una vez casada.


“Una mujer debe guardar ante los hombres un florido silencio, procurando retirarse tan pronto como sea posible hacerlo sin pasar por torpe”.

La existencia de Kwie-lan habría resultado previsible y anodina si su marido no hubiera estudiado en Occidente. Todos sus sacrificios resultaron en vano. No le agradaban sus afeites, sus ropajes y aborrecía de sus diminutos pies vendados.

“Empezaba a comprender que todo lo que me habían enseñado era falso”, sentencia la joven.

Pero el dolor más fuerte, el que sacude tu conciencia, no es la tortura padecida para obtener unos pies pequeños. Lo realmente duro ocurre cuando Kwie-lan accede a dejar sus pies libres, con el nuevo daño físico que le aflige, a abandonar cuanto le enseñaron, para contentar a su esposo “occidentalizado” y así, una vez más, cumplir con el papel de esposa y madre al que fue destinada.

“Los sacrificios hechos no habían servido para nada y ahora él me imponía otros”

La pequeña Kwie-lan, no es arrastrada por el viento del este y a continuación por el del oeste. Se siente atrapada entre los dos vientos, carece de voluntad y de libertad para elegir su propio camino.
Y todo ello, en nombre del amor.

"Siempre y en todo momento te he instruido en la necesidad de someterte como una flor se somete a la lluvia y al sol".

jueves, 16 de agosto de 2012

Norway: el camino del Norte


He de confesar que nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Al contrario, siempre seguí los consejos de mis mayores que me educaron en la austeridad y la contención.
Pero si tengo que elegir entre poseer muebles o maletas, siempre elijo las últimas, aunque sean humildes y sencillas.
Este verano me preocupaba embarcarme en un viaje. Pretenden hacernos creer que el funcionariado es culpable de las desgracias de este país y a los recortes anteriores nos añaden la supresión de la paga extra de navidad y una subida del IVA que hará temblar nuestros castigados bolsillos.
-¡Carpe diem! Exclamé para mis adentros.
No sabemos qué nueva tortura nos depararán Merkel y Rajoy durante el crudo invierno y es posible que el próximo verano no podamos viajar al extranjero.
Así que empujados por el temor al riesgo de la prima, nos lanzamos a Noruega.
Enganchada como ando a Juego de Tronos llevaba el kindle a rebosar, ya que suelo leer mucho en los viajes, sobre todo si hay muchos traslados en autobús.
Al regresar he comprobado que apenas he leído, Jon Nieve sigue sin saber nada y yo he decidido que quiero ser noruega.
Si naces noruega, te garantizan el pelo rubio sin necesidad de camomila, los ojos claros, el cuerpo esbelto y fibroso, una baja maternal de hasta 52 semanas y no tienes que preocuparte por el techo de cristal. Además, las muchachas pasean solas por las noches de Bergen sin ningún temor.
Y Noruega está plagada de lagos-espejo que reflejan las montañas, las nubes, el cielo, los árboles...
Los noruegos y noruegas son gente tranquila, reposada, confiada, que no se altera fácilmente y sonríen siempre. Te sonríen el camarero, la dependienta, la recepcionista, la bibliotecaria (aunque te hayas colado en una biblioteca cerrada), el policía al pitar el arco detector de metales del aeropuerto.
Y los ríos bajan con furia por las montañas, produciendo una espuma tan blanca como nata recién hecha.
A pesar de ser uno de los países más ricos del mundo, esta es una sociedad poco derrochadora y nada ostentosa. Las casas de maderas, hermosas aunque sencillas, con ventanas sin rejas, sin persianas, sin cortinas, con interiores confortables y cuidados. Iglesias austeras coronadas de dragones y rodeadas de tumbas minimalistas. Pocos palacios, jardines reales abiertos al público.
Y numerosas cascadas salpican el paisaje. Cascadas delgadas como hilos, en grupos como las Siete Hermanas, con forma de botella como la del Pretendiente, enormes cascadas que rebotan el agua y hacen llover hacia arriba.
En Noruega impera el silencio. Los conductores jamás tocan el claxon; no hay ruido en las calles ni música alta surgiendo de los coches.
Y tienen fiordos de aguas transparentes a los que arriban los cruceros y que son atravesados por ferrys.
Todo es limpio en Noruega: los campos, los caminos, los barcos, las calles, los parques, las ciudades, las aldeas. El agua es limpia. El aire es limpio. Es el único país que conozco donde los servicios de los restaurantes de carretera están impolutos y nunca escasea el papel higiénico.
Y hay glaciares azules...
En Noruega tu móvil siempre tendrá cobertura, aunque navegues por un fiordo o hayas subido a una montaña.
Y valles glaciares...Y pinos...Y abetos...
Sin embargo, no todo es perfecto. La vida es muy cara, una cerveza cuesta ocho euros, un ticket de metro cuatro. Si no te gusta el salmón tendrás problemas de alimentación. Si no dominas el esquí difícilmente podrás salir de casa en el largo y oscuro invierno.
Tampoco son santos los noruegos pues no han abandonado la fea costumbre de cazar ballenas.
Y hay trolls en las montañas... Y uldras en las cascadas...
Hasta los años setenta, Noruega era uno de los países más pobres de Europa. Descubrieron un tesoro en forma de petróleo y lo han administrado con prudencia.
A España, hace más de 500 años, también llegó un tesoro en las bodegas de los barcos que regresaban de América. Pero nuestros gobernantes lo dilapidaron en guerras, palacios y catedrales mientras el pueblo moría de hambre.
No podemos negar que todos los noruegos no viven igual de bien y a pesar de las altas cuotas de igualdad, no han logrado erradicar la violencia.
Aquí nos sobra el sol, la alegría, las cervezas aún cuestan menos de 8 euros, tenemos iglesias y catedrales de todos los estilos arquitectónicos, repletas de tesoros litúrgicos... Pero no sería mala idea echar una ojeada al camino del Norte.




PS: Este post bien podía haberse titulado “El último viaje” o “Una P.I.G.S. entre vikingos”

miércoles, 25 de julio de 2012

MUROS AJENOS


Cada casa es un mundo, un paisaje, una vida diferente. Así entiendo cada verano cuando me convierto en nómada y habito muros ajenos. En un hotel siempre serás una invitada, una viajera de paso.
En una casa o un apartamento albergas la ilusión de que emprendes una nueva andadura. Imaginas que te transformas en otro personaje, tomas prestados sus muebles, sus enseres. Compras en el supermercado de la esquina; tomas café en la terraza cercana; observas a los transeúntes por la ventana. A veces, incluso entablas conversación con los vecinos; te regalan una lechuga del huerto o preparan una cuajada para ti.
Me hubiera gustado repetir en algunas de estas casas de verano. Pero la nómada que llevo dentro busca cada año otros paisajes para sus retinas. ¡Son tantos los mundos por visitar y es tan corta la vida!
En la ladera de Los Picos de Europa se encontraba la casa de Tanarrio. Muros de piedra, chimenea, silencio. En el jardín, una mesa de madera y un castaño de anchas hojas. Me hubiera quedado a vivir a su sombra.
Desde el balcón del apartamento de Ziga, en el valle del Batzan, se veían las vaquerizas. Las niñas se asomaban a contemplar al camión que cargaba la leche cada mañana. Por la tarde, un pelotari solitario golpeaba la pelota en el frontón.
El apartamento de Amsterdam no tenía visillos ni persianas. Bajo las ventanas, la gente pasaba en bicicleta, con la cesta repleta de viandas, o patinaba entre los coches de la avenida. Las gotas de lluvia salpicaban los cristales y luces tenues, amarillas, alumbraban las ventanas de otras casas.
En el apartamento blanco que se asoma al mar de Cádiz, las mañanas eran gloriosas. El desayuno se convertía en un ritual azul y luminoso. De madrugada el oleaje combatía con el viento de Levante.
Los muebles escasos, las cortinas sencillas, el menaje justo, los armarios vacíos. Mi ligero equipaje inundaba por un tiempo el espacio. Los libros en los estantes, las blusas en las perchas, los sombreros junto a la puerta, los olores de nuestros guisos, el bote de gel en el baño.
No regresaré a ese lugar que ocupé en dos ocasiones. Volveré a cargar mis bártulos de nómada y tomaré nuevos caminos.
Quizás quede allí algo nuestro: un susurro, una risa, un grito o un llanto. Es posible que estos muros conserven por siempre nuestros sueños.





domingo, 8 de julio de 2012

La revancha (Historias de escuela)

Su mejor amiga tenía una letra pequeña y redonda, con la que escribía textos llenos de sensatez.
En el año 1978, en aquel pueblo de la campiña sevillana había muy pocos estudiantes. Pero su amiga obtuvo tan buenas notas al acabar la EGB que la maestra se empeñó en que cursara el BUP. Sus padres, jornaleros, jamás habían albergado tal idea, por lo cual, tuvo que dedicar varias tardes a hablar con ellos hasta que quedaron convencidos.
La maestra se fue de vacaciones después de que sus alumnas hicieran la preinscripción y cumplimentaran la beca. Solo faltaba la matrícula en el mes de julio.
Aún recuerda aquella tarde con tristeza, aunque sin la rabia y la impotencia que la acompañó durante años.
Visitó a su amiga para acordar la hora de tomar el autobús para el instituto, que distaba quince kilómetros de su pueblo. La muchacha sostenía en brazos a su hermana pequeña, un bebé de pocos meses. Le contó que no la acompañaría y cuando ella, sorprendida, demandó una explicación solo obtuvo la respuesta furiosa y egoísta de la madre:
-Que si le daba el dinero para la matrícula no tendría con qué comprarse un vestido para la feria, que tendría que trabajar desculando remolacha, que si se iba a estudiar quién la iba a ayudar en la casa y con la niña pequeña...
Aquellas voces perduran en sus oídos y también el semblante triste de la amiga que no osó rebelarse en ningún momento.
Y se quedó allí, con su hermanas pequeñas, con su madre, silenciosa y obediente, con su letra redonda y pequeña.
Su amiga se casó joven, muy joven, y tuvo dos hijas muy pronto.
Hace un par de años la volvió a ver. Ya no sentía rabia al pensar en la madre, al recordar su sumisión.
Sus hijas estudiaban en la Universidad, ambas con becas, pero ella se esforzaba en ayudarlas limpiando por horas durante la semana y cocinando en un restaurante los fines de semana. Su espalda estaba torcida y aparentaba más años de los que realmente tenía.
Aunque se la veía orgullosa y feliz, ella se la imaginó volcada en los deberes de las niñas, leyendo con ellas, repasando las tablas de multiplicar, contando cuentos.
Pensó que era una especie de revancha que la vida había otorgado a su amiga.
Ojalá puedan disfrutar de esa misma oportunidad sus nietas.

jueves, 7 de junio de 2012

Soy de la Pública


Hace unos días, tras leer el artículo de Santos Guerra titulado La historia del colibrí, descubrí que me sentía como el colibrí de la narración, empeñada en apagar el incendio del bosque con las gotas de agua que puede transportar en su piquito.
Deseo escribir un post para defender la Escuela Pública y mi cabeza se llena de imágenes tan personales y emotivas que me impiden ser objetiva.
Aún no he cumplido cinco años y lloro todos los días por ir al colegio. En el pueblo solo hay una escuela unitaria, la Escuela Parroquial, con aulas segregadas para niños y niñas. Son los años sesenta, el país vive en una dictadura y la educación no es ni obligatoria ni gratuita. Como aún soy pequeña no hay pupitre para mí y mi madre me compra una sillita de anea para sentarme en clase.
Estudio 2º de Primaria en la Escuela del Cuartel, unas habitaciones habilitadas como aulas encima del cuartel de la Guardia Civil. Hacemos el recreo en un pequeño patio empedrado en el que reina un árbol de hojas anchas, que con la distancia temporal se me antoja un inmenso magnolio.
Son los primeros años setenta y al final de mi calle han construido un grupo escolar con clases y servicios separados para niños y niñas. Estoy en sexto de EGB. Mi colegio se llama Antonio Machado. Aún no ha muerto el dictador pero construimos parterres, sembramos rosales alrededor de la valla, plantamos árboles en el patio del colegio. Son los tiempos de Freinet y Paulo Freire, del texto libre y la pedagogía del oprimido.
Tengo 15 años y curso 2º de BUP en un instituto a 15 kilómetros de mi casa. Llego tarde a clase cada mañana porque los de mi pueblo venimos en un autobús de línea. Salgo de casa antes de amanecer y regreso de noche. Estudio con una beca, aunque no cubre todos mis gastos. He de almorzar fuera de casa cada día, comprar libros y material, pagar el autobús y vestirme como cualquier muchacha de mi edad.
Hacemos huelga para protestar... ¿Por la LAU? Nos manifestamos en el patio del instituto. El director quiere dialogar y nuestros valientes líderes estudiantiles piden voluntarios. Como soy inocente y kamikaze levanto la mano. Y me veo delante de aquel catedrático de derechas, grande y gordo al que llamamos el Chimenea porque siempre fuma un enorme puro, defendiendo la Universidad Popular.
-¿Como en China? Me pregunta el Chimenea.
-¡Como en China!, respondo en una alarde de intrepidez.
El piso de estudiantes que comparto en un barrio de Sevilla es pequeño e incómodo pero está cerca de la Escuela de Magisterio. Huele a colillas y sudor, a patatas fritas y macarrones con tomate frito. Gracias a mi beca no pago matrícula y puedo hacer frente el alquiler. La Universidad sabe a césped recién cortado, avellanas en La Moneda, besos, tinta de boli bic, fotocopias calentitas, manifestaciones, amistad y sueños cumplidos.
Las imágenes que se acumulan en mi mente me impiden actuar con objetividad. Tal vez estoy incapacitada para defender la Escuela Pública porque soy un producto de ella.
El sistema educativo que tenemos dista mucho de ser perfecto. Lo más grave es que no garantiza en absoluto la equidad.
Nuestros brillantes gobernantes (que no estudiaron en la Escuela Pública) pretenden calmar la voracidad insaciable de los mercados y los especuladores arrojando Educación y Sanidad entre sus fauces.
El decreto 14/2012 supone un grave ataque a la calidad de la Educación, ahondando aún más en las desigualdades y constituye un menosprecio indudable a la labor del profesorado que ha sumido a este colectivo en una fuerte desmotivación.
Sin embargo, otro peligro que cerca a la Escuela Pública parte de su interior y se puede extender como un cáncer.
Hace semanas que circulan por Internet propuestas que animan al profesorado a no formarse, no realizar excursiones o actividades complementarias, calificar con sobresaliente a todo el alumnado, etc. Este tipo de actuaciones nos llevan a un pasotismo educativo que puede acabar con el poco prestigio que nos queda.
Soy de la Pública y la defenderé con todas mis fuerzas.
Soy un colibrí y este post es el agua que puede cargar mi piquito. ¿Eres tú un jaguar que huye del incendio?

PS: La foto es de una antigua escuela de mi pueblo




viernes, 25 de mayo de 2012

Escarcha de tus días

Después del almuerzo C. y yo preparamos una quiche para presentar en la semana de la francofonía de su instituto.
-Tú serás mi pinche, le digo.
-Yo no soy pinche, soy cocinera, refunfuña como cándida adolescente.
-Todos los cocineros han tenido que ser antes pinches.
Intento convencerla pero se resiste.
-Pues yo no seré nunca pinche, cocinera desde el principio, sigue protestando.
Al fin se conforma con pesar los ingredientes, picar el bacon y la cebolla en trozos muy pequeños. Mientras corta con precisión milimétrica la oigo canturrear:
 "Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre  y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda"
-¡Ah!, ¿pero te sabes esa canción?
_¡Como para no sabérselo! exclama con un bufido mientras me dirige una de sus sonrisas picaronas

lunes, 14 de mayo de 2012

MUNDOS ILETRADOS Y HOJAS SARRACENAS

A petición de la Tribu 2.0 escribí  este AUTORRETRATO LECTOR, que ahora transcribo aquí:

Nada hacía presagiar que me convertiría en lectora contumaz. El único libro que había en mi casa era el libro de familia. Veranos tediosos y siestas eternas en las que mi padre me enseñaba a escribir palabras en el aire. Noches de invierno al calor del brasero de picón en las que mi madre contaba historias reales que nada tenían que envidiar a los novelones dieciochescos... Éstos son los antecedentes literarios de mi infancia.
Vivíamos en un mundo iletrado, lleno de canciones de corro y juegos en la calle, de coplas flamencas y culebrones radiofónicos, en calles sin asfaltar, enfangadas en invierno, polvorientas en verano.
Pero todo cambió el día que entró en mi vida “La hoja sarracena”.
Hasta ese momento, mi hermano y yo habíamos sido devoradores de cómics: Jabato, Capitán Trueno, Zipi y Zape, Mortadelo,... Comprábamos, prestábamos y leíamos cuanto caía en nuestras manos. Yo me perdía en el dormitorio entre los tebeos amontonados cuando me mandaban a barrer o limpiar el polvo.
En el verano del 72, el cartero del pueblo nos prestó su único libro: “La hoja sarracena” de Frank Yerby. Aún recuerdo las pastas azules y las hojas amarillentas. Con nueve años fue mi primera novela. Mi hermano y yo nos la disputábamos. Esperábamos que el otro se descuidara para robarla y leer a escondidas en el cobertizo, bajo la parra del corral o detrás del gallinero. ¡Cual no sería nuestra decepción al llegar al final y comprobar que alguien había arrancado la última página! ¡Nunca conoceríamos el destino de Pietro di Donati!
A partir de ahí comencé una ardua investigación para obtener libros de bibliotecas particulares, del colegio. Leía cualquier cosa que pasara por mis manos: tebeos, novelas del oeste, fotonovelas, Julio Verne, Salgari cargado de corsarios y rodeado por los mares del sur, “Sadako y las mil grullas de papel”, “Gora” de Rabindranath Tagore. Entre todas aquellas lecturas, me impresionó sobremanera “Viento del Este, viento del Oeste” de Pearl S. Buck.
Me veo a mí misma, después del colegio, sentada en la mecedora leyendo mientras tomo la merienda; escondiendo los libros debajo de la labor de costura, aguardando un descuido de mi madre para leer; de madrugada, con una linterna bajo las mantas, esperando el momento en que todos durmieran para acabar una novela que debía devolver.
Otro de esos veranos interminables, secos y tediosos, descubrí la poesía en un libro de bachillerato de mi hermano. El cartero, de nuevo, me había prestado un manual de mecanografía. Harta de aporrear las teclas y escribir series de letras sin sentido, abrí aquel libro y me dediqué a copiar poemas de Bécquer, Rubén Darío, Espronceda o Machado. Aún conservo aquel manual forrado de plástico blanco.
Hasta los catorce años no compré mi primer libro, una antología de Miguel Hernández de la editorial Cátedra que fue durante mucho tiempo mi mayor tesoro.
Los libros siempre me han acompañado, en los momentos de relajación pero especialmente en los de angustia: hospitales, salas de espera, estaciones de autobuses,...
Cuando iba a tener a mi primera hija, entre contracción y contracción, me acompañaba Benedetti y su “Primavera con una esquina rota”. Alejé el fantasma de la depresión pos-parto releyendo una y otra vez “El jinete polaco” de Muñoz Molina. Si estoy triste busco de nuevo a Jane Austen y la coloco en mi mesita de noche.
Ahora tengo muchos libros. Mi biblioteca, como mis lecturas, no responden a ningún orden lógico. Me gusta tenerlos cerca, pasearme por los estantes de las librerías, tocar sus lomos, recorrer los pasillos de las bibliotecas públicas,... También presto y me prestan. Hace poco adquirí un volumen de “Viento del Este y viento del Oeste” y desapareció en un préstamo. No me importa. Los libros están para ser leídos.
Aunque últimamente también soy lectora de pantallas: prensa digital, blogs, webs, mensajes y comentarios, tuits, vídeos,... Tengo la impresión de que me paso el día leyendo. No hace mucho me regalaron un e-book. Mi desconfianza inicial solo duró el tiempo justo de comprobar la levedad de una novela de ochocientas paginas en mi bolso.
Aunque nada hacía presagiar que me convertiría en una lectora persistente, contumaz, anárquica y apasionada, tal vez influyeran las novelas de Mika Waltari que mi padre tomaba prestadas del Casinillo del pueblo o que unas nanas cantadas por mi madre son los versos más bellos que conozco.
Quizás, simplemente, busco en todos los libros el final de “La hoja sarracena”.

miércoles, 9 de mayo de 2012

PREMIO LIEBSTER

Este blog, que surgió por casualidad y sin ninguna expectativa, me ha proporcionado muchas satisfacciones, entre ellas contactar con personas a las que me unen distintos intereses. Es un blog pequeño y humilde en el que me permito escribir sobre lo que me apetece y cuando me parece conveniente.
Es por ello que me llena de satisfacción tener lectores/as y aún más que consideren que merezco un premio Leibster (Significa favorito en alemán). He recibido este galardón, destinado a blogs poco conocidos, por dos vías diferentes.
La primera es a través de Manolo López y su blog Mi clase de lengua. Curioso es que después de algunas brazadas y muchas conversaciones acuáticas, además de ser la tutora de su hijo, acordáramos que nos unían dos pasiones: la educación y la literatura.
La segunda mención la realiza Carmen Cañabate en su blog Cuentos de brujas y otras zarandanjas. Me emociona que el azar de Internet nos pusiera en contacto y podamos seguir leyéndonos y compartiendo desde entonces.
El blog que recibe este premio ha de cumplir las siguientes encomiendas:
-Copiar y pegar el premio en el blog enlazándolo con el blogger que te lo ha otorgado.
-Premiar a tus cinco blogs favoritos con la condición de que tengan menos de doscientos seguidores.
-Dejarles un comentario en sus entradas para notificarles que han ganado el premio.
Sin lugar a dudas, yo hubiera premiado a los dos blogs antes mencionados, pero estoy obligada a galardonar a cinco diferentes. Ésta es mi selección.
-El rincón solidario del IES Gran Capitán administrado por @rafadelcastillo, para que siga agitando nuestras conciencias.
-El blog de música de mi compañera Carmen López en reconocimiento a su buen hacer en la difusión de la música.
-El blog de mi ex-alumna Lidia Soto porque transmite dulzura y emoción con sus palabras.
-El blog de otro ex-alumna, Lucía Rodríguez,  que siempre está creando e investigando en la red.
-Uno de mis últimos descubrimientos en el espacio virtual de Baltasar Isla, que, cargado de añoranza, sigue el camino de la escritura para recuperar la infancia perdida.

sábado, 5 de mayo de 2012

HISTORIA DE ANANUBE



Solo tenía dos días cuando Ananube entró en aquella casa sin muebles. Abrió mucho los ojos al sentirse deslumbrada por las paredes blancas. En el salón había un sofá, un pequeño televisor, un teléfono sobre una caja de cartón y un coche de bebé en el centro.
Uff!, ¿dónde he caído yo?, habría exclamado Ananube si hubiese podido hablar.
Se limitó a observar desde los brazos de su madre que la depositó, con mucha aprensión, en el carro. Las sábanas eran suaves y tenían un pequeño detalle bordado a mano.
Al cochecito de bebé se asomaron dos cabezas que ya le eran familiares: la muchacha ojerosa que debía ser su madre y el chico con rostro asustadizo que seguramente sería su padre.
-¡Vaya suerte!, habría pensado Ananube. ¡Una madre primeriza y un padre novato! Anda que empezamos bien.
Pero como estaba muy cansada del viaje se durmió plácidamente. Despertó horas más tarde en un cuarto de baño donde habían instalado una bañera plegable. La madre la sostenía mientras el padre intentaba averiguar la temperatura del agua introduciendo el codo en la bañera.
-¡Sacadme de aquí, que este novato me ahogaaa!, debería haber gritado Ananube.
Sin embargo, no gritó, ni lloró, solo abrió mucho los ojos para no perder detalle.
Sobrevivió Ananube a su primer baño aunque a punto estuvo de fallecer de inanición. A la madre primeriza no le subía la leche, así que ahíta de calostros, con el culete limpio y un pañal mal colocado la llevaron al dormitorio. Tampoco había cortinas, lámparas o muebles, solo una cama muy grande y un capazo forrado de blanco.
-Al fin me dejarán dormir, que esto de vivir es muy cansado, habría suspirado Ananube.
Tampoco pudo descansar tranquila, porque la madre primeriza se pasó la noche tocándola para comprobar que respiraba.
Aquel mes de mayo llovió de forma inusual. Algunas mañanas no podían pasear, así que la pobre Ananube tenía que soportar a la madre primeriza desentonar todo el repertorio de Serrat, Sabina y Víctor Manuel, con lo cual quedó vacunada anti-cantautores para toda la vida.
Con el paso de los días se fue habituando a la casa sin muebles, a la mirada temerosa de la primeriza, a los brazos sorprendidos del novato. Se sentía cómoda y feliz. Dormía tantas horas que la madre se asomaba a la cuna continuamente.
-¿Esta niña no llora nunca?, preguntaban las visitas.
Qué manía! ¿Para qué queréis que llore?, podría haber respondido Ananube si hubiera sabido hablar.
Tenía tanto miedo de la inexperiencia de su mamá y su papá, que decidió ser una niña noble y buena para hacerles la vida más fácil.
Al cumplir su primer año, regalaron a Ananube un dormitorio con cama, armario, estanterías. Tenía incluso una cortina con ositos y una lámpara. Estaba tan contenta que comenzó a chapurrear sus primeras palabras.
Sus padres pensaron que era muy fácil criar un bebé y decidieron darle a Ananube un hermanito o una hermanita.
“Pero esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión”.




miércoles, 25 de abril de 2012

El lector de Julio Verne


Almudena Grandes es, sin lugar a dudas, una de mis autoras de referencia. He pasado con ella muy gratos momentos, desde que descubrí casualmente “Malena es un nombre de tango” y me lancé a devorar todas sus obras. Desde entonces no he dejado de leer todo lo publicado, además de seguir sus artículos en El País.
“La más Grande” ( apelativo irónico de una amiga), transmite la imagen de mujer apasionada, comprometida y visceral, características que contagia a sus personajes. Sus novelas tienen la virtud de atraparte desde la primera página
En “Los aires difíciles”, su novela gaditana, abandonó el entorno madrileño y se acercó al sur, no solo como veraneante, sino como territorio literario.
Durante los últimos años Almudena Grandes se ha propuesto la galdosiana tarea de novelar algunos episodios menos conocidos de la guerra civil y la posguerra. Inés y la alegría inició en 2010 esta colección editada por Tusquets aunque “El corazón helado”, escrito con anterioridad, también se centraba en este tema.
La segunda entrega de “Estos episodios de una guerra interminable” es “El lector de Julio Verne”. Podría decir que me ha decepcionado, quizás porque esperaba más.
Es probable que las 417 páginas me hayan sabido a poco, habituada a las setecientas u ochocientas con que nos suele regalar la autora. Tal vez albergué demasiadas expectativas después de Inés y la alegría.
“El lector de Julio Verne” es una novela perfectamente escrita y bien estructurada. El ambiente rural de un pueblo de Jaén, la atmósfera asfixiante y gris de la casa cuartel donde vive el protagonista, los apodos de los habitantes, la represión y la rebeldía de los vencidos, la desgraciada vida de los guardias civiles y sus familias están logrados con la maestría que caracteriza a sus obras.
Sin embargo, la narración en primera persona no me termina de convencer. En ningún momento he percibido a Nino contando la historia, siempre presentía detrás a la escritora.
Además, personajes secundarios como Pepe el portugués o el sargento Sanchís, tan misteriosos, tan ambiguos, personajes que podían haber dado mucho juego, quedan difuminados. La historia de las Rubias, cruciales en la transformación intelectual y política del niño tampoco es tratada en profundidad. Las pasiones amorosas que surgen a lo largo de la novela no emocionan...
No hay dudas de que “El lector de Julio Verne” es una buena novela, pero le faltan trescientas o cuatrocientas páginas, le sobran tramas secundarias o Almudena Grandes ha tenido que acabarla a toda prisa.
Y por supuesto, este post es solo mi humilde opinión.

lunes, 16 de abril de 2012

DIARIO DE INVIERNO de Paul Auster


Al “entrar en el invierno de tu vida” resulta natural echar una ojeada hacia atrás, pensar en lo que somos, en la forma en que hemos llegado al presente, en las heridas del corazón y en las heridas de la piel.
Conozco a personas anónimas que han puesto su último empeño en escribir sobre su propia vida, como un legado hacia generaciones posteriores, dejando en herencia las historias que no se han podido narrar, el tesoro acumulado por la experiencia.
Por tanto, no es de extrañar que un escritor consagrado como Paul Auster caiga en la tentación de redactar su biografía. Existen antecedentes en este sentido. Entre las leídas recuerdo “La arboleda perdida” de Rafael Alberti, “Confieso que he vivido” de Neruda o “Vivir para contarlo” de García Márquez.
“Diario de invierno” no tiene nada en común con ellas pues los acontecimientos y la sucesión de los hechos carecen de importancia. La última obra de Auster es una larga carta, un diario sin fecha, que el autor se escribe a sí mismo, en una segunda persona del singular que hace que te sientas implicada desde la primera página. Como si te hubiera obligado a sentarte frente a él con la intención de contarte la verdad de la vida, lo realmente importante.
Los sentimientos y las emociones cobran protagonismo de primer rango, considerando que el dolor y el gozo forman parte crucial de la vida.
Diario de invierno se estructura en bloques. Uno de ellos se refiere al rastro que el paso del tiempo ha dejado en su cuerpo, “el inventario de las cicatrices” lo denomina Auster. Empieza por el rostro que es lo primero que ve cada mañana, y abarca hasta los ataques de pánico, que lo han hecho consciente de su vulnerabilidad.
Otro de los bloques recorre las veintiún casas en las que ha habitado, en las cuales busca la huella que ha podido dejar en ellas, lo que supone una forma original de recrear la propia historia.
Mención especial merece la reflexión sobre la relación con su madre y el impacto que le produjo, así como los lazos que le unen a su familia política.
Diario de invierno es, ante todo, una manifestación de amor a su esposa, la mujer con la que convive desde hace treinta años.
A sus sesenta y cuatro años, el autor se pregunta: “¿Cuántas mañanas quedan” y desea, por encima de todo, morir rodeado de amor.

lunes, 26 de marzo de 2012

Leer entre túneles

Microrrelato finalista del certamen "Donde lees tú" de la Fundación German Sánchez Rupérez

"La oigo llorar. Suena como un gatito maullando. Su llanto atraviesa el túnel de mis sueños. Es tan pequeña con sus deditos arrugados. Me incorporo en la cama. A tientas, enciendo el interruptor de la lámpara. Tomo a la niña en mis brazos y la acomodo en mi pecho izquierdo. Cuando noto que chupa con fruición alargo la mano derecha y abro el volumen  que hay sobre la mesilla de noche.

La niña se mueve inquieta. Cierro el libro. La cambio de pecho.  En esta postura  es más difícil leer. Abro el libro con mucho tiento. Estiro la cabeza por encima de la suya para ver las letras.  Termina de mamar y la poso sobre mi hombro. Expulsa los gases lentamente. La arropo en la cuna.
Apago la luz y me refugio bajo el edredón.  La oigo succionar el chupete. Entro de nuevo en el túnel del sueño."


miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Para qué sirve un EABE?

No hace mucho aprendí a escribir sin prisa, sobre todo crónicas de eventos. Siempre me inclino por crónicas sentimentales o gastronómicas. Regreso cargada de emociones, abrazos, sonrisas y encuentros que me impiden analizar con claridad y desarrollar un tema medianamente serio.

Durante los días 9 y 10 de marzo asistí en Carmona al EABE12, un encuentro de profesorado de todos los niveles educativos relacionados de una u otra forma con las TIC. Las siglas EABE están a punto de perder la A de andaluz y la B de blog.

Cuando estábamos en la recta final del encuentro un alumno lanzó la siguiente pregunta:
-”¿Esto va a servir para algo?”

-”The answer, my friend, is blowing in the wind” hubiera respondido Bob Dylan.

Como no soy Bob Dylan, ni pretendo serlo, intentaré desgranar para qué sirve, desde mi punto de vista, un EABE.

En primer lugar, el EABE es el marco idóneo para desvirtualizar. Algunos de los avatares que aparecen en la pantalla de tu ordenador están delante tuya y sientes la necesidad imperiosa de tocar y abrazar para comprobar que son reales, de carne y hueso.

El EABE es breve. A pesar de que observas de soslayo todos los rostros, siempre queda alguien sin saludar. Al regresar comienzan las rondas de despedidas en twitter y lamentas no haber tenido más tiempo para conversar o haber perdido la oportunidad de conocer a más personas.

El ritmo del EABE es frenético, por lo que no permite debatir en profundidad y apenas podemos compartir experiencias o proyectos. Por suerte, tampoco hay ponencias-marco a cargo de docentes de reconocido prestigio en el mundo mundial. En cambio, este formato hace posible compartir ideas, reflexiones sobre nuestro trabajo y muy especialmente, definir qué nos gustaría cambiar, a qué puerto querríamos arribar (Gracias, mesa III).

Un EABE te da alas, te pone las pilas, te carga de adrenalina. La fuerza del EABE te acompaña un curso completo, te abre los ojos hacia nuevas rutas, aprendes nuevos caminos... Porque el EABE permite que las hormiguitas convivamos con gigantes y gigantas y de vuelta al cole nos vemos más altas y damos pasos pequeños, aunque firmes.

En Carmona he vivido mi tercer EABE, una ola que partió de Almería en 2009 y está recorriendo Andalucía agregando a su paso a docentes de otras comunidades autónomas.

En mi opinión, la organización y el entorno han sido inmejorables. La inclusión de las mesas de familias y alumnado ha constituido un gran acierto. Ha quedado patente el esfuerzo por aumentar la presencia femenina, aunque en estas mesas haya sido minoritaria.

Aunque la pregunta sigue en el aire. ¿Realmente sirve para algo un EABE? Que yo sepa, no había ningún representante de la Administración Educativa dispuesto a recoger las inquietudes de doscientos eaberos y eaberas en estado de gracia. Todavía no se han percatado que esta ola silenciosa aumenta de tamaño en cada evento. Tal vez en Algeciras o Úbeda, se encuentren con la sorpresa de que se ha convertido en un Tsunami.

PD: Imposible agradecer tantos abrazos, ni olvidar tantas emociones, solo cabe esperar al próximo EABE.


miércoles, 7 de marzo de 2012

Ocho de marzo: un motivo

-¿Por qué me habéis buscado a mí?
En aquel pasillo de paredes desconchadas la profesora las escuchaba sentada en un banco. Las muchachas sabían que tenía guardia y habían distinguido en la oscuridad su larga falda y el destello metálico de las gafas.
Era una buena pregunta. Aquella profesora de biología con acento vasco e indumentaria hippie nunca les había impartido clase. Solo la conocían de vista, de cruzársela por los pasillos del instituto.
Pero no dudaron un segundo al pensar en la persona que las ayudaría.
-Os tenéis que tranquilizar. Decidle a vuestra amiga que espere una semana y si no se soluciona yo la ayudaré.
Entonces, al despedirse, la profesora de biología quiso saber:
-¿Por qué me habéis buscado a mí?
No supieron responder. Miraron a la profesora a los ojos y entraron en clase de latín.
Años más tarde recordó aquella historia. Ahora era una universitaria ingenua e ilusionada. Con el primer plazo de la beca compró su mayor tesoro: una olivetti lettera 25. En la tapa colocó una pegatina violeta en la que se podía leer: libre y gratuito.
En 1º y 2º de BUP había asistido a innumerables bodas de amigas que, tras un desmayo en el instituto, aparecían poco después delante de un altar ocultando la tripa bajo un vestido blanco.
De pequeña había oído a las mujeres murmurar sobre bebedizos para abortar. Intuía que se practicaban abortos clandestinos. Porque lo de ir a Londres o abortar en una clínica privada era algo inalcanzable en aquella sociedad rural.
Ahora mientras ella colocaba la Olivetti junto a sus escasos enseres en un piso compartido, sus amigas asumían su rol de esposas y madres, truncados sus sueños para siempre, envejecidas para siempre.
Hay muchos motivos para el ocho de marzo pero éste puede ser uno de ellos.



jueves, 16 de febrero de 2012

MICROMACHISMOS ESCOLARES

En la tarea de coeducar nadie se ve libre de errores, que arroje la primera piedra quien se considere una virtuosa o un virtuoso de la actuación igualitaria. Aún nos queda mucho para sacudirnos siglos de educación patriarcal y eso, mal que nos pese, nos lleva a equivocarnos.
Mucho se ha hablado sobre currículum sexista, repartos desequilibrados de espacios, etc. No voy a ahondar en ello porque hay abundante material publicado de personas más expertas.
Mi mirada coeducativa observa a menudo actitudes o situaciones que se reproducen en los colegios sin que se realice una reflexión.
Ya sabemos que debemos prestar atención para no mandar solo a los niños a cargar bultos de peso o a las niñas a colorear con más cuidado, promover la participación de ambos en actividades artísticas o deportivas. Niños y niñas son diferentes pero han de tener la oportunidad de elegir si quieren bailar o jugar a fútbol, si realmente prefieren charlar pausadamente o correr tras un balón sin que nadie les juzgue por ello.
Por ello es difícil de entender que en colegios donde se realizan programas de diversificación de juegos en el patio del recreo, se mantengan al mismo tiempo ligas de fútbol.
Mientras nos empeñamos en educar las habilidades sociales, la afectividad, la no violencia y la equidad se celebra el día de San Valentín sin pensar en qué idea del amor estamos reproduciendo o promoviendo entre el alumnado.
Es algo parecido a la tela de Penélope, lo que se construye un día se destruye al día siguiente, porque se realizan actividades sin pensar en los objetivos educativos que nos proponemos, es más, sin plantearnos qué educación pretendemos.
La organización de un aula heterogénea no resulta una tarea fácil. Hay que compensar, distribuir y estudiar multitud de elementos. Existe una práctica muy habitual, la de sentar al niño más disruptivo del aula al lado de la niña más callada, obediente y trabajadora.
Estos niños necesitan de la atención, el cuidado y la ayuda tanto del profesorado como de sus compañeros y compañeras. Pero esta tarea no ha de caer sobre las niñas como una carga. Tal vez estemos transmitiendo que ésta es su función en la vida.