jueves, 25 de agosto de 2011

RETORNO A AMSTERDAM



"...Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo
y te recuerdo así."
Gil de Biedma
Cervantes definió hace más de quinientos años la relación entre lectura y viajes (El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho). Al leer y viajar intentas, de alguna manera, experimentar otras vidas, convertirte en otra persona diferente a la que habitas cada día.
En una sola existencia carecemos del tiempo suficiente para leer todos los libros o para viajar a todos los lugares que desearíamos. Son escasos los libros que releemos, solo aquellos que amamos apasionadamente. Mientras queden paisajes por contemplar, caminos que recorrer, ciudades donde perderse, parece una insensatez regresar a un lugar que ya visitaste.
Hace diecinueve años pasé un par de días en Amsterdam. La ciudad me dejó un grato recuerdo: calles tranquilas, paseos entre canales, bicicletas y jóvenes sentados en el suelo de la plaza Dam. Aunque el famoso Barrio Rojo me pareció deplorable. Las mujeres exhibiéndose como mercancía en los escaparates es un espectáculo vergonzoso que malogra el espíritu tolerante del que hacen gala los habitantes de Amsterdam
Este verano encontré aún más bicicletas: baratas, sencillas, de colores estridentes, tuneadas, con carritos para niños y niñas, con cesto, ... Muchas de ellas tenían por cesto un cajón para frutería con alguna flor a modo de adorno. Me llamaba la atención que transportaran en ellas toda clase de artículos. Una vez nos detuvimos a contemplar a una señora que tras cargar la compra del supermercado instaló sobre las bolsas una caja de veinticuatro botellines de cerveza Heineken.
También hallé mucha más gente, quizás porque era agosto o porque coincidió con el Festival del Orgullo Gay. Había personas de todas las razas, de todos los colores, hablando en todos los idiomas imaginables, visitantes, turistas, nativos,... Era un espectáculo sentarse en una de las miles de terrazas, por ejemplo en Rembrandt Plein, y asistir al continuo desfile de seres humanos.

Disfruté especialmente en el Museo histórico de Amsterdam que con un enfoque muy contemporáneo, consideraba al pueblo llano el protagonista de la historia. El museo reivindica el carácter multicultural de la ciudad, aportando biografías de inmigrantes de todas las latitudes que han construido Amsterdam a lo largo de su existencia. Es una pena que ese espíritu se vea contrariado por el auge de la extrema derecha xenófoba en las últimas elecciones.
También presta atención al pequeño comercio tradicional, las tiendas de barrio, en un intento por rescatarlos del olvido. Me pareció un objetivo loable, puesto que últimamente paseas por las zonas comerciales y tienes la impresión de que no has cambiado de ciudad, siempre los mismas cadenas comerciales y las mismas marcas.
En Holanda sienten predilección por las plantas. El mercado de las flores es visita obligada para cualquier turista que se precie. A pesar de no ser época de tulipanes las plantas estaban presentes por doquier. Las encontrábamos en los áticos, en improvisados jardines a las puertas de las casas, como centros de mesa en las cafeterías u ornamento de bicicletas.
A través de las ventanas sin rejas ni persianas, muchas de ellas desprovistas de cortinas o visillos, se asomaban multitud de macetas. Se veían habitaciones confortables con estanterías abarrotadas de libros, lámparas con luces tenues que invitan al sosiego.
Ante tal despliegue de confort hogareño, ¿qué hubiera opinado el pobre Rembrandt que no pudo hacer frente a la hipoteca y fue desahuciado?
No es éste un mal sitio para vivir, pensaba mientras estaba allí. Sobre todo en verano, porque lo de patinar por los canales en invierno no creo que me llegase a convencer nunca.
Tampoco aprender holandés debe ser tarea fácil. Durante nuestra estancia bromeábamos a propósito de las pocas palabras que pudimos aprender en neerlandés. Sin embargo, nos quedó muy claro que Amsterdam se pronuncia con el acento en la última sílaba.
Con un idioma de pocos hablantes resulta indispensable dominar otras lenguas. Por supuesto, todo el mundo se defendía en inglés. Era encomiable que intentasen hacer un esfuerzo por comunicarse en tu propia lengua, desde el camarero a la dependienta, pasando por el guardia de seguridad, a veces en una mezcla de italiano-español-portugués bastante divertida, que siempre hemos agradecido. Porque una de las mayores ventajas de hacer turismo es oír otros acentos y chapurrear otras lenguas.
Un 40% de los habitantes Holanda se declara sin religión y yo me cuestiono si no será ese el motivo por el que se respira sensación de libertad, de paz.
Ni siquiera la multitud que abarrotó las calles durante el fin de semana que duró el Festival del Orgullo Gay consiguió que me abordara el miedo, la inquietud que te producen otras ciudades.
Mi hija C. me preguntó qué significaba pertenecer a un país. Según ella, tu país es el lugar donde está tu familia. Le contesté que yo pensaba igual que ella y por eso no mi importaba ir a cualquier parte si era en su compañía.
Varios días después de regresar, bajamos a Sevilla. Nunca dejo de admirar la belleza de esta ciudad, de una hermosura hiperbólica, como si recorrieras un gigantesco decorado. Desde que visité Amsterdam por primera vez deseé que Sevilla fuera una ciudad para las personas, sin coches, sin humos, sin ruidos. Por suerte, el hábito de la bicicleta se ha ido imponiendo. Sin embargo, los coches vuelven a transitar de nuevo junto a las cadenas de la catedral.
En realidad me hubiera gustado ser una intrépida viajera, establecerme durante un tiempo en otros países, impregnarme de otras culturas, ser políglota. Aunque no me puedo quejar, solo he conseguido practicar el turismo veraniego.
Nunca sabes cuál será el último libro que leerás, ni el último viaje que emprenderás. Jamás hubiera imaginado que regresaría a Amsterdam después de diecinueve años. Ojalá pueda volver dentro de otros tantos y con la misma compañía.
PD: No he hablado del Museo Van Gogh, ni del Rikjmuseum, ni de Volendam... porque esto no es una crónica de viajes normal.


lunes, 1 de agosto de 2011

Elogio de la lavadora

Durante la última semana se sienta frente a ella cada mañana para vigilarla. Últimamente no marcha bien y sabe que esta vez no es un achaque de la edad. Ha alcanzado hace un mes la mayoría de edad, que en su caso se puede considerar un récord de longevidad. A veces se le sale el agua, otras veces no desagua o no coge el suavizante. Hay ocasiones en que tiene que iniciar el lavado hasta tres veces.
La habría cambiado por una nueva si los técnicos que la habían reparado no se lo hubieran desaconsejado.
-Aguante con esta lavadora, señora, que ya no las hacen así, que las máquinas de hoy en día se estropean enseguida.
Pero ahora ya no hay más alternativa que comprar una nueva.
Mientras la contempla acude a ella una antigua imagen. En los años setenta llegaron a su pueblo las primeras lavadoras automáticas. La madre de su amiga se colocaba junto a la máquina recién comprada, expulsaba a la familia de la cocina y se sentaba a observar, presa de emoción, cómo giraba la ropa dentro de la ventanilla circular.
- ¡Ésta sí que me quiere, no vosotros! Gritaba a quien osaba asomar la cabeza.
Antes de la automática, su madre tuvo otra lavadora manual, a la que había que llenar con un cubo. Pero antes de las lavadoras había que ir al lavadero del pueblo, cargar con la ropa sucia en un barreño y volver horas después acarreando la ropa mojada. Entre los aprendizajes imprescindibles para la vida se encontraba lavar a mano. Parece muy lejano el tiempo en el que a nadie se le ocurría que necesitaras aprender idiomas o adquirir competencia digital. Lo realmente importante era lavar a mano, apresar la cantidad de tela justa, restregar por la lavadera con el ritmo adecuada y sumergirla en el agua de la pila de forma periódica. Enjuagar y escurrir también formaban parte del proceso. Era una de las tareas más complicadas en la formación de las mujeres y las madres se esforzaban en transmitir sus conocimientos.
La vieja lavadora de la que ahora se va a deshacer llegó con la casa nueva, cuando no tenían descendencia. Al poco tiempo empezó a lavar peleles, baberos, pijamitas, camisitas de algodón, con un jabón especial para bebés. Después llegaron los vaqueros, los vestidos, los chándals, las camisetas de deporte, los bañadores, las mallas de gimnasia. Ha lavado cortinas, colchas, mantas, edredones, sacos de dormir, mochilas, botas de deporte. Ha trabajado incansable cada día de los últimos dieciocho años.
Mientras la acompaña en su último lavado reflexiona sobre el papel de los electrodomésticos en la libertad de las mujeres y piensa en lo distinta que hubiera sido su vida sin esa vieja lavadora.