domingo, 29 de mayo de 2011

SUNSET PARK de Paul Auster

Con un nudo en la garganta he leído esta novela de Paul Auster. La he apurado a pequeños sorbos, sobrecogida por la capacidad de narrar sobre las emociones humanas. Llegué a olvidar que se trataba de ficción, que era la mente del escritor la que se escondía detrás de los personajes.

Al principio me atrapó el protagonista, el joven Miles Heller, hijo de un editor y una actriz, que desapareció para su familia durante siete años y sobrevive con trabajos poco cualificados.

Después me enganchó la forma en que el autor se sumerge en cada uno de los personajes, mostrando los recovecos de sus pensamientos, su visión de la vida y su relación con Miles.

Aunque el hijo me cautivó fue el padre el que me sedujo. Es un hombre culto, con buena posición económica pero que arrastra un dolor muy hondo. Especialmente emotivo es el capítulo en el que aporta su punto de vista y se detiene a rememorar sus pérdidas: la muerte de sus padres, la desaparición voluntaria del hijo, el trágico accidente del hijastro, la distancia de la esposa,...

Entre padre e hijo se establece una diferencia básica, la manera en que abordan sus propias tragedias.

Para Miles, “las heridas son una parte fundamental de la vida, y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre” (pág. 173). El refranero español traduciría esta sentencia como “Lo que no mata engorda”.

Por el contrario, yo firmaría las reflexiones del padre: “no nos hacemos más fuertes con el paso de los años. La acumulación de penas y sufrimientos va mermando nuestra capacidad de soportar el dolor” (pág. 242).

Miles regresa a Nueva York porque se ha enamorado de una menor y debe esperar su mayoría de edad para hacer pública su relación. Su amigo Bing lo acoge en la casa ocupada de Sunset Park, junto a sus compañeras Ellen y Alice. Los tres okupas, con sus propias vicisitudes, no pueden resistir la atracción que transmite Miles.

Las crisis económica planea sobre la novela, en el primer trabajo de Miles (limpiando casas desahuciadas) y en la vida de los habitantes de la casa ocupada, personas formadas que viven en el umbral de la miseria.

Y al final, para sobreponernos de tanta congoja, el autor nos invita a vivir para “el instante fugaz”, para “el momento que se ha ido para siempre”. Aunque esto ya lo decían en el Renacimiento: Carpe diem.



viernes, 20 de mayo de 2011

EL CORAZÓN EN UNA PLAZA

Llamadme utópica. Me lo han dicho muchas veces, cada vez que he expresado la necesidad de cambiar la sociedad en que vivimos.
Llamadme idealista, probablemente lo soy, porque no me resisto a creer que el sistema es inamovible.
Llamadme ilusa por abrigar la esperanza de conocer un mundo más justo.
A principios de año, en este blog, expresé mi malestar por el triste futuro que nos esperaba, con la crisis, la reforma laboral, la pérdida de derechos.
Pero sobre todo me albergaba la tristeza por el inmovilismo que percibía. La apatía, la falta de rebeldía, el individualismo se habían adueñado del país y nada parecía remediarlo.
El mes de mayo ha estallado. Sin banderas, sin consignas, sin siglas. Cargado de metáforas, de sueños.




Trae el frío de las madrugadas, el miedo a las furgonetas de la policía rodeando la plaza, la incertidumbre de las asambleas, las gargantas afónicas.
Este mes de mayo, que recuerda a otro mayo, viene cargado de ideas, sueños, abrazos desconocidos, palabras hermosas y mucha ilusión.
Es posible que esta noche desalojen las plazas, que la Spanish Revolution se disuelva como un azucarillo en una taza de café y el domingo nos despertemos de nuevo en la pesadilla en la que vivimos.
No importa, al menos nos queda la sensación de que no vamos a consentir la impunidad. La rebeldía es ahora un valor en alza.