domingo, 28 de marzo de 2010

ENUMERACIÓN

En esta tarde soleada de marzo, con las facultades alteradas y el pulso desconsolado, me atrevo a declarar que me gustan las metáforas imposibles, los primos lejanos, las sirenas varadas, las enfermedades del alma, el pretérito imperfecto, el futuro inesperado, los versos ligeros, los paseos largos, los sauces llorones, las esquinas rotas, los cucuruchos de helado, las palabras claras, los harapos sucios, los jazmines cerrados, las pasiones volcánicas, los olivos plateados, las utopías por alcanzar, el mar en primavera, los sudokus en blanco, los errores propios, la rebeldía irremediable, las chanclas de goma, los ríos subterráneos, las manos de mis hijas y los ojos de Carlos.

Que no me gustan los tacones de aguja, las uñas esculpidas, el olor a tabaco, las miradas hipócritas, los falsos halagos, los defensores a ultranza, la playa en verano, la pertinaz coherencia, el pensamiento escaso, la verdad objetiva, la tradición milenaria, los jefes autoritarios, el olor a fritanga, los filetes de hígado, el contumaz patriarcado, los curas con sotana, las monjas con hábito, las venas hinchadas, los golpes de pecho, las operaciones de labio,...

P.D.: Ni las jefas autoritarias, ni los curas sin sotana, ni los sujetadores con aros.

lunes, 8 de marzo de 2010

DESVELADA (Primer premio del III Certamen de Creación literaria sobre mujeres de Tomares)

Cada noche me enfrento a la misma rutina. Intento dormir pero mi cuerpo no se adapta a la cama. El colchón es viejo e incómodo. Mi cabeza no encuentra la postura correcta. La almohada es estrecha y dura como una piedra.

A mi lado, Juan resopla entre sueños porque, según él, no ronca. Sólo respira muy hondo cuando está acatarrado. Sus no-ronquidos me ponen nerviosa. Penetran en mi cerebro y golpean mis sienes.

Procuro relajarme y eludir el rítmico sonido que comparte mi lecho.

Respiro lentamente, como me enseñaron en el curso de yoga. Tomo el aire por la nariz y lo expulso por la boca lentamente. Otra vez. Tomo aire y lo expulso lentamente.

Dejo la mente en blanco y espero que fluyan mis pensamientos, que traspasen mi cuerpo y no me hagan daño. Las imágenes se amontonan en mi frente, aunque intente apartarlas.

Oigo el tic tac del despertador. No quiero mirarlo. Tic. No quiero saber la hora. Tac. No quiero pensar en esta vigilia involuntaria. Tic-Tac.

Al fin, Juan se ha callado. Envidio su sueño tranquilo, esa habilidad para dormir profundamente en cuanto cae en la cama o tumbado en el sofá. Tengo celos de sus largas siestas. A él no lo desvelan los pensamientos ni lo altera el sonido del despertador.

Una ráfaga de luz se filtra por debajo de la puerta del dormitorio. No me despabila, porque ya lo estoy. Unas zapatillas se arrastran por el suelo y entran en el baño. Es mi hija. Sube la tapa del retrete y orina. No tira de la cisterna, no nos quiere despertar. Quizás esté enferma y no me quiere avisar. Tal vez esté preocupada y no puede conciliar el sueño. No alcanzo a imaginar qué puede alterar a una niña de 14 años. Me podría levantar y preguntarle pero se enfadaría. Me diría que soy una pesada y siempre la estoy agobiando.

Será mejor que me relaje e intente dormir. Cuando era pequeña contaba ovejas. Las veía en una pradera verde saltando una valla de madera igual que en los dibujos animados. Las iba contando en cada salto, hasta que perdía la cuenta y desaparecían una tras otra.

Desciendo unas empinadas escaleras. Los peldaños se suceden sin darme tiempo a pensar. El piso resbala. Las paredes de piedra rezuman humedad. Tengo prisa y no se ve el final. De pronto pierdo el equilibrio. No aparece el escalón bajo mis pies. Caigo al vacío. El miedo me encoge el estómago.

Despierto asustada. La casa sigue en silencio. Ahora no se oyen ronquidos. Ya no podré volver a dormir. Debería aprovechar el tiempo en que estoy desvelada: hacer la comida, recoger el lavavajillas, poner la lavadora. No haré ruido y adelantaré el trabajo.

Así no tendría que correr tanto por la mañana y me arreglaría tranquilamente. Máscara de pestañas, lápiz de labios y un poco de perfume. Ésa sería una buena forma de comenzar el día. Quizás así no me agobiaría acarrear el cansancio de una noche en vela. Pero no me apetece abandonar la cama. Es un refugio cálido, protector.

El niño gime entre sueños. Habrá perdido el chupete. El llanto es cada vez más intenso, pero Juan no se inmuta. Nada es capaz de alterar su descanso. Me levanto y por mis pies desnudos trepa el frío lacerante del suelo. Cuando entro en su dormitorio, mi niño abre los ojos en la noche y sonríe tras los barrotes de la cuna. Su mano suave y tierna atrapa uno de mis dedos. A ciegas, busco el chupete entre las sábanas y lo pongo entre sus labios ansiosos. Acaricio su pequeña nariz hasta que el sueño lo acoge de nuevo.

De puntillas, evitando el ruido y el suelo helado, regreso a mi cama, al calor del edredón de plumas.

Respiro hondo y mi cuerpo se relaja.

Mi madre me llama y yo no estoy. Recorre su voz toda la casa. Es una voz de mujer joven. Quiere que me despierte. Tengo que levantarme para ir al instituto pero yo me resisto. ¡Se está tan bien en la cama! Su voz se pierde en el silencio y los muros devuelven como un eco sus palabras cansadas. En un instante mi madre se ha convertido en una anciana. Está enferma y me llama. Me necesita y yo no estoy. Su voz enmudece y sólo veo su rostro dolorido sobre la almohada.

Un móvil. Suena un móvil en alguna parte. No sé dónde lo puse. Creía que lo había apagado. Intento seguir dormida pero el timbre insiste. Puede ser algo importante. Ha ocurrido algo inevitable y no tengo el móvil a mano. Todo el mundo me busca y yo no estoy.

Despierto angustiada. Tengo calor. Aparto el edredón. El sudor ha empapado el pijama.

Tic. El despertador me observa. Tac. La esfera de manecillas fosforescentes me reclama. Tic. Juan ronca. Tic- Tac.

Estrés. Eso me dijo el médico. O las hormonas. También pueden ser los trastornos hormonales. Claro, que aún eres joven, continuó. Apenas me miró por encima de las gafas mientras escribía en el ordenador. Después, con su letra ilegible, rellenó una receta. ¿Qué es?, me atreví a preguntar. Un ansiolítico. Es lo único que te puedo aconsejar para el insomnio.

Al salir de la consulta tiré la receta en la primera papelera que encontré. Ahora me arrepiento. Si las tuviera a mano me tomaría una pastilla.

Después fui a una herboristería. La dependienta, muy amable, me aconsejó sobre distintas variedades de plantas. Me habló de la melatonina, el último descubrimiento natural para regular el sueño. Me contó que ella también padece insomnio, que todo el problema está en nuestro cerebro. Salí de la tienda cargada de infusiones de hierbas y de píldoras vitamínicas. Cada noche me preparo una tisana mientras pienso en el dinero que he gastado inútilmente.

Me duele el cuello. Cambiaré de postura. Pero si me vuelvo hacia Juan oiré aún más fuerte sus ronquidos. Me giro hacia un lado. Después hacia el otro. Juan refunfuña porque deshago la cama. Por la mañana dirá que ha pasado frío por mi culpa, porque no paro de moverme.

Pronto amanecerá y yo apenas habré dormido. Ahora me entra frío. Me vuelvo a arropar y me invade una sensación de paz.

Voy por un largo corredor y limpio las baldosas una a una. El suelo brilla tanto que me reflejo en él como en un espejo. No veo el final pero no me preocupa. Me afano en mi tarea con tesón. Se cae el cubo y el agua inunda toda la estancia. Vuelvo a empezar. Oigo a mi madre decir que tengo suerte porque no tengo que fregar el suelo de rodillas.

Un estruendo me sobresalta. Es el camión de la basura, que emite un pitido cada vez que sube un contenedor y lo descarga. Recuerdo que cuando yo era una niña había un hombre que recogía los desperdicios con un carro tirado por una mula. Los días de lluvia cantaba y yo me preguntaba cómo podía cantar mientras se mojaba. Murió el viejo basurero. En los días de lluvia, ya nadie canta. Me rodeo con mis propios brazos y me balanceo en una mecedora imaginaria. Mi mente tararea aquella vieja canción de los días lluviosos y me va invadiendo un ligero sopor…

En ese momento, inevitablemente, suena el despertador. Juan se estira bajo el edredón.

Debo levantarme. Empieza la jornada.


NANAS DE LA CEBOLLA