domingo, 25 de octubre de 2009

AMIGAS

"Y me rodean
amigas ay, ay, amigas
dulce esperanza de la sed
amantes siemprevivas
dorado manantial de espigas "
(canción de Ana Belén)
La Escuela de Magisterio era un lugar oscuro e inhóspito. Ella tenía dieciocho años y había aterrizado allí porque quería ser maestra. No conocía a nadie y los pasillos se le antojaban castillos inexpugnables. En un aula estrecha se agolpaban cerca de cien chicos y chicas de distinto pelaje. Ella los observaba desde las últimas filas. Siempre se sentaba allí.
- La vida siempre es más divertida en la última fila, pensaba.
En el aula había pequeños grupos, gente que ya se conocía, gente singular, bohemia, alternativa, todo un mosaico de historias por descubrir. Pero ella se fijó en dos chicas que siempre andaban juntas y no llamaban la atención de manera especial. Una era morena y delgada, con el pelo rizado. La otra, rubia y con gafas. No sabe la razón, pero decidió que quería ser amiga de aquellas dos muchachas.
Los años de Magisterio les trajeron exámenes y notas, noches de fiesta, charlas interminables, ilusiones compartidas y algún que otro sueño roto.
Después la vida las llevó por otros caminos y hubo unos años en que apenas coincidían. Ella conservaba una foto en blanco y negro de sus amigas sonriendo con la Ópera de París al fondo. A pesar de las continuas mudanzas la foto nunca desapareció.
Sus caminos volvieron a confluir, llegaron parejas, niños y niñas. Empezaron a establecer rutinas: cumpleaños, fiestas, celebrar las vacaciones, inaugurar el curso,…
No se ven todo lo a menudo que quisieran, es difícil coincidir. Por eso cuando lo hacen es como si celebraran una fiesta. Rodeadas de chiquillería se buscan para hacerse confidencias. Se tienen que controlar para no pasarse la vida hablando de la docencia. Sus vidas no son paralelas, su amistad no es excluyente, pasan los meses sin verse pero no pierden el contacto.
Han pasado veintiocho años desde que llegó a la Escuela de Magisterio. No es fácil conservar una amistad después de tanto tiempo. Ella sabe a ciencia cierta que aquella elección ha sido uno de los actos más inteligentes de su vida.

domingo, 11 de octubre de 2009

ÁGORA


Como no soy crítica de cine ni experta en fotografía o sonido, voy al cine a que me cuenten una historia. Como soy una mujer con una existencia a mis espaldas, no puedo ser objetiva y analizo la realidad sin dejar a un lado lo que he vivido.
Cuando yo tenía 12 años, alguien me leyó la encíclica de San Pablo en la que se prohíbe a las mujeres tomar la palabra e impide que sean escuchadas. Como palabra de Dios, no puede ser cuestionada y todos deben arrodillarse ante tal afirmación.
Esta encíclica, que me irritó sobremanera antes de entrar en la adolescencia, propició el trágico final de Hipatia, su lapidación como mujer impía.
Mucho se ha hablado en la prensa sobre el mensaje contra los fundamentalismos religiosos de la película o de la oposición entre ciencia y fe. Sonrío al recordar los adjetivos de alguna prensa conservadora, tildando a Aménabar de ateo, que tras hacer apología de la eutanasia arremete contra el cristianismo. Ese periódico olvida que también lo hace contra judíos o paganos, sólo se salva la impía Hipatia cuyo único credo es la filosofía.
No digo que no sea cierto, se habla de religión y ciencia. Pero al parecer yo he visto una película diferente, la historia de una mujer que quería ser libre y no vivir bajo el sometimiento de un varón ni de una fe impuesta. Yo he presenciado la vida de una mujer que ha pretendido seguir su propio camino, el de la ciencia y el conocimiento. Por ende, se trata de una mujer excepcional (no podía ser de otra manera en la época que le tocó vivir), que muere por ello.
Mi hija de 15 años se emocionó cuando Hipatia descubrió la elipse que hace la Tierra alrededor del sol y lloró a la muerte de la heroína.
Estuvimos a punto de levantarnos y aplaudir emocionadas.
Quizás a mí no me emocionen las mismas cosas que a los críticos, por eso no les hago mucho caso.
Si yo fuera profesora de instituto, mi alumnado de Educación para la Ciudadanía vería esta película y después propondría un debate. Tal vez descubrieran que cualquier verdad puede ser refutada, incluida la mía.