lunes, 31 de agosto de 2009

DUBLÍN Y ALREDEDORES



Si viajas a Irlanda en verano, de una sola cosa puedes estar segura: nunca vas a acertar con el tiempo. Si amanece un sol radiante y el cielo despejado, antes del lunch te tienes que comprar un paraguas en cualquier tienda de souvenirs, con la ventaja añadida de que ya tendrás un bonito de recuerdo de Irlanda en forma de paraguas verde adornado de tréboles.
Si por el contrario, el día se despierta nublado, cae una fina lluvia y no te llevas las gafas de sol, pero cargas con impermeables y paraguas, te pasarás el día soportando un peso inútil y añorarás la protección de tus ojos.
Una segunda visita fugaz a la isla esmeralda y algunas lecturas previas te dejan con una duda: ¿Quién ha hecho más daño a los habitantes de este país: el Imperio Británico (800 años de presión), la iglesia católica o la cerveza Guiness?
Particularmente, me inclino por la última causa, habida cuenta que la familia Guiness es la más rica de Irlanda, junto a la Jameson (whiskey) y últimamente Bono, de U2.
La música es otro tema importante. Sin lugar a dudas, lo mejor de Dublín es pasear por las calles y encontrar a cada paso músicos de distinto género, conciertos improvisados en el Temple Bar o a las puertas del mismísimo Banco de Irlanda. Aquí todavía sobreviven las tiendas de discos y los violines de la música céltica conviven con las guitarras eléctricas. No hay que olvidarse de fotografiar a los músicos callejeros, una no sabe si dentro de un tiempo estará bajándose sus canciones de Internet.
En cuanto a la literatura, este país tiene prestigio por sus poetas y escritores y no es extraño si observamos las hermosas y bien provistas bibliotecas. Sienten veneración por Jonathan Swift que sufrió la incomprensión por su agria crítica social; James Joyce, al que nadie ha leído y se autoexilió con 22 años; Samuel Beckett, que escribía en francés y renegaba de Irlanda; y sobre todo, de O. Wilde, que padeció dos años de cárcel por su homosexualidad y murió solo y miserable en París.
Estos días, en la prensa, aparecieron unas declaraciones del actor Liam Nessom en las que decía que, tras la muerte de su esposa, había decidido convertirse en americano.
Todo esto me plantea una pregunta: ¿Es aún Irlanda un país para añorar porque no se puede vivir en él?
Hemos salido a hacer algunas excursiones fuera de Dublín, a este paisaje con todas las tonalidades del verde, entre ovejas y vacas pastando.

Las montañas de Wicklow, escenario de películas como Braveheart y Excalibur, mantienen lugares míticos como Glendalouch, donde se retiró a meditar Saint Kevin (no es un chiste de Los Morancos, así se llama el segundo santo más importante en el ranking irlandés después de Saint Patrick).
Desde el faro del pueblo pesquero de Howth se divisa una espléndida panorámica de la bahía de Dublín.
El castillo normando de Malahide, con sus cuidados jardines, nos demuestra una vez más que los ricos siempre han vivido tan ricamente, con buenas chimeneas, habitaciones con vistas y confortables bibliotecas.
En apariencia, en este país se vive bien: buenos coches, buenas casas,… Pero me leí Las cenizas de Ángela antes de ir y en cada borracho que zigzaguea por las calles creo ver al padre de McCourt; cada vez que tomo un té me acuerdo de la pobre Ángela, que hervía una y otra vez las mismas hojas de té: y me acuerdo de Francis Mc Court, que ahorró moneda tras moneda para poder emigrar de la bella y dulce Irlanda.

martes, 18 de agosto de 2009

LEER O NO LEER

Cuando C. tenía ocho años leía muchos cómics, sobre todo de Astérix, porque en su casa tenían la colección completa. Su preferido se titulaba La Zanja y había memorizado párrafos y diálogos. ¡Se la veía tan pequeña subiendo y bajando de la litera con el libro tan grande bajo el brazo…! Se acostaba, se levantaba, desayunaba, almorzaba y cenaba con el libro. Hasta tal punto estaba obsesionada que su madre tuvo que prohibir que lo pusiera encima de la mesa.
La madre de C. pensaba que su hija pasaría a la siguiente etapa, es decir, a los libros infantiles, como un proceso natural. Pero no fue así y tuvo que establecer un horario diario para la lectura.
Para la madre de C., los libros son el más preciado de los tesoros, su salvavidas en los momentos difíciles, el interlocutor que siempre la comprende.
En los veranos de su infancia, su madre –la abuela de C.- se ocupaba de que aprendiera las tareas “propias de su género”. Cada mañana debía barrer, limpiar el polvo, fregar el suelo,… Tardaba una eternidad, porque ella se perdía por los rincones, escondida en las viñetas del Capitán Trueno y del Jabato, sorprendida por el aburrimiento de la reina de Thule, con su piel tan blanca, que esperaba al héroe en su frío palacio del norte.
La madre de C. piensa que tal vez se esté equivocando. Si la obliga a leer, su hija puede aborrecer la lectura como ella aborreció la aguja. Se consuela pensando que, al menos, adquirirá la competencia lectora necesaria para desenvolverse en el instituto y en la vida.
Eso mismo debió pensar su propia madre cuando se empeñaba en que aprendiera a coser, pespuntear, sobrehilar, bordar, hacer punto de cruz y vainica. Mientras tanto, al primer descuido, ella se sumergía en el libro que escondía bajo la labor de costura. El tedio y el calor de aquellos veranos infinitos no le afectaban porque se embarcaba con el Corsario Negro y emprendía trepidantes aventuras por los Mares del Sur.
El caso de C. es distinto: viajes al extranjero, vacaciones en la playa, campamentos… Y además están la tele, las películas, la DS, la Play, el Messenger, el Youtube,…
-Hay otras formas de ocio. La lectura sigue siendo el instrumento fundamental para adquirir conocimiento pero ya no es el único y no sabemos lo que nos deparará el futuro. La madre de C. intenta conformarse.
Hace unos días, C. ha acabado el libro que estaba leyendo sin oponer demasiada resistencia y ha adquirido otro en la
librería EL Principito de Islantilla.
Después de desayunar se vuelve a tumbar en la cama para leer su nuevo libro; se baja a la piscina con él. Mientras sus hermanas juegan en el rompeolas, ella permanece bajo la sombrilla absorta en la lectura.
Todas las personas expertas coinciden en que la adolescencia es la edad crucial para adquirir la afición por la lectura.
La madre de C. no quiere hacerse ilusiones. La mira de reojo y cruza los dedos de las manos y de los pies.