miércoles, 27 de mayo de 2009

NEGRAS LENTEJAS

Poseo cierta experiencia en recuperar cacerolas donde se han quemado lentejas. Hace mucho más de veinte años que me inicié en esta sana habilidad. En aquella ocasión las humildes legumbres decidieron suicidarse a lo bonzo en protesta por mi falta de cuidado. Yo estaba haciendo el amor en la habitación contigua y no me alcanzaron sus gritos de socorro ni sus efluvios aromáticos. Eran otros tiempos y otra cantidad de hormonas recorría mi cuerpo.
Andaba yo muy atareada esta mañana. Aprovechando que salían las carretas del Rocío, las autoridades locales decidieron darnos un día de asueto. Como no uso traje de faralaes ni monto a caballo no sabía qué hacer con este aciago día en medio de una semana de fin de curso, con la programación sin terminar y los bailes sin ensayar.
Descansar. Ésa era la consigna. Anoche estaba tan cansada que me metí en la cama a las 10’30 h. El libro de Atxaga que leía se iba convirtiendo en nubes cada vez más densas.
Como era de esperar, a las siete y media abrí los ojos a la luz de esta mañana rociera. Cohetes de todas las hermandades del Aljarafe alegraban mis oídos.
Tenía dos alternativas: ordenar los armarios (con todo lo que ello implica) o ponerme a trabajar en el ordenador. Quien dice trabajar dice abrir el correo, mirar si la Consejería tiene alguna novedad… Me entretuve leyendo los blogs de Juanma y del Efervescente. Incluso me atreví a escribir algún comentario.
Las niñas se levantaron, desayunaron, recogí la cocina y (¡Ay triste de mí!), como mujer previsora que soy, preparé unas lentejas con todo mi cariño.
Me subí de nuevo al ordenador y ésa fue mi perdición: un trabajito para el cole, un vídeo con la música de Cold play, unas actividades de inglés para María, Clara estúdiate los números ordinales que no te los sabes,…
En el paquete ponía que las lentejas eran rápidas, pero no tanto. Por favor, ¿a dónde vamos a llegar?
Un traspaso de cacerola, retirar las lentejas adheridas al fondo, cubrir de agua y un buen chorro de lejía. Eso es todo. Las lentejas quemadas y los nervios de punta. Hay que tirarse a la calle antes de que la casa estalle, aunque sea para ver rocieros/as dejar botellines de cerveza por todas las esquinas.
-Niña, pon esa botella en el poyete.
-Señora, ¿usted no recicla?
Pero ésa es otra historia.

domingo, 24 de mayo de 2009

TECHO DE CRISTAL

Aún intentando ser muy optimista, es imposible considerar que las niñas de hoy no se encuentren con el famoso techo de cristal cuando accedan al mercado laboral. Todavía parten de una falta de igualdad de oportunidades en sus propias familias. Tengo alumnas que deben limpiar el cuarto de baño después de que los usen sus hermanos mayores y varones; hay niñas que sólo tienen acceso al ordenador cuando su padre y su hermano (más pequeño) se han cansado de él; mis alumnas tienen menos libertad que sus compañeros,… Estoy hablando de un entorno de clase media, donde tiene empleo más del 70% de las madres y el nivel de estudios oscila mayoritariamente entre el bachillerato y los estudios universitarios.       

Se mantienen los roles tradicionales y se aduce como la primera causa del escaso acceso a la función directiva la falta de formación fuera del horario laboral. No me extraña en absoluto, pues las mujeres priorizan el cuidado de los demás a su ascenso profesional.  No es que me parezca mal, lo que debe cambiar es         el hecho de que los hombres no asuman estas tareas y antepongan siempre su trabajo. La clave está en compartir funciones productivas y reproductivas. Para ello debe haber un cambio de mentalidad. Tampoco se trata de aparcar los niños y niñas en colegios y guarderías hasta la siete o las ocho de la tarde. Éste es un grave error que nuestra sociedad pagará más tarde o más temprano. Ya se ha estudiado y escrito mucho sobre los riesgos de la institucionalización de la infancia, pero nadie quiere recordarlo. 

Se ponen en marcha medidas de conciliación, que aunque escasas, pueden ser beneficiosas, pero da la impresión que están pensadas para que concilien las mujeres y los hombres se puedan quedar en el despacho hasta las diez de la noche. ¿Cuántos hombres han compartido la baja maternal? ¿Cuándo va a dejar de ser noticia que un hombre lo haga? Además,  no creo que se deba compartir la baja, más bien pienso que ambos deben disfrutarla. Que yo sepa, los pañales no tienen restricciones de uso para el sexo masculino.   

A todo esto hay que añadir el carácter competitivo que se imprime a todo puesto directivo. Se quiere dar la impresión de que para ascender laboralmente, además de hacer  muchas horas extras, hay que pisar y machacar al contrario, convertirse en una especie de lobo  autoritario y cruel. Pocas mujeres están dispuestas a ser directivas en estas condiciones, si además se les demanda que aparque en un segundo plano sus afectos. 

Muchas cosas han de cambiar para que las niñas del presente no se encuentren con el techo de cristal. Si esto ocurriera, habríamos vivido una auténtica revolución, capaz de socavar los cimientos de la sociedad patriarcal. 

 

 

domingo, 3 de mayo de 2009

VOLVER A ZAHORA




El viento de Levante sopla con furia. Durante la noche acompañó nuestros sueños y nos acercó el bramido del mar, como si las olas se arremolinaran en el jardín.


La vida avanza a grandes zancadas. A veces, parece un circuito de velocidad donde pugnamos por adelantar al contrario. Pero Zahora permanece, en apariencia, inalterable.


La carretera que baja al Sajorami, los estrechos caminos de tierra, sombreados de acebuches y pinos, se amparan entre muros que nunca volverán a resguardar viejas casas rodeadas de huertos.


Ahora esconde pequeñas pero bien pertrechadas casas de veraneo. Los huertos dejaron paso a jardines con porche y Mercedes bajo el emparrado.


Permanecen el faro y las rocas desnudas por la bajamar. Y el mar en todos los tonos de azul. Y la arena fría. Y la luz de Cádiz. Y este Levante que todo los enreda y todo lo aclara.


Quedamos nosotras, aunque no seamos las mismas.