lunes, 9 de marzo de 2009

ESTO ES LO QUE PARECE (2º premio del XII certamen de relato corto y poesía de la asociación AMFE de Castilleja de la Cuesta)

Aquí llego caminando por calles desiertas, el asfalto plateado a mis pies. Regaron las calles de madrugada y aún retiene la humedad en este soleado amanecer de marzo. Desde un balcón me observan, con curiosidad, manojos de violetas. Los tacones resbalan en el acerado pero hoy no me duelen los pies.
Aún conserva mi piel los restos del maquillaje. No suelo llevar en el bolso la leche limpiadora, quizás debiera adquirir algún envase de muestra. Porque debo estar preparada para cualquier imprevisto, aunque a mí, hacía siglos que no me ocurría una de estas emergencias. Tampoco apliqué a mi rostro la crema nutritiva ni el contorno de ojos. Luzco las huellas del cansancio y persiste incansable la máscara de pestañas.
Cual ladrona recogí mis cosas y salí huyendo con sigilo, sin mirarme al espejo, sin tomar una ducha.
Una vez que me hallé en el descansillo de la escalera, encendí el móvil con angustia. Unas horas de desconexión y el mundo puede desaparecer a tus pies. Por suerte, no había llamadas perdidas, ni mensajes de alarma a horas intempestivas. Las noticias que pude vislumbrar en Internet no dejaban entrever nada digno de mención. Mi cuerpo cesó de temblar. La última vez que apagué el móvil hubo un accidente aéreo y tardé horas en enterarme. El país lloraba la tragedia y yo tomaba el sol en una cala de Ibiza.
No me duelen los pies, sólo un poco la espalda. ¿Desde cuándo no voy al gimnasio? Ni lo recuerdo. Llevo las medias torcidas. Medias y rapidez son dos conceptos opuestos. El traje de chaqueta está arrugado. No es lo más apropiado para pasear una mañana de domingo. Por suerte es tan temprano que ni siquiera han aparecido los paseantes de perros. El cielo está despejado y corre una leve brisa fresca.
No entiendo lo sucedido. Odio trabajar los sábados. Esos actos interminables en los que alguien presenta un libro o expone una soporífera conferencia. Después, el inevitable cóctel, las inevitables sonrisas, los tacones que me atormentan, el peinado que se despeina (¿habré olvidado la laca?), las señoras que comentan mi atuendo, los señores que miran a las camareras,… Y todos olvidando que estoy a dieta. Tengo hambre y los canapés pretenden seducirme desde la bandeja.
No entiendo lo sucedido. Anoche no me dolían los pies. Nadie me aguardaba en casa. Mi madre pasaba el fin de semana con su hermana en un balneario, la niña se fue con el padre. Tal vez, anoche yo no tenía prisa. Nadie me esperaba y olvidé que estaba a dieta. Tomé dos copas de vino, sólo dos copas. Quizás estaba un poco achispada, no suelo beber alcohol, sólo agua y café descafeinado. Quizás, simplemente, estaba contenta. Quizás, para variar, me había relajado.
No he desayunado. Me hubiera gustado desayunar en aquella cocina tan blanca, preparar zumo de naranja y mojar magdalenas en el café con leche. Envolverme en un albornoz y saborear un cruasán contemplando los tejados de la ciudad, las antenas que se suceden hasta el infinito.
Es tan temprano que las cafeterías permanecen cerradas. Por un día olvidaría la leche desnatada y la sacarina y me zamparía una tostada grasienta, unos churros con chocolate, una napolitana de crema. Pero aunque estuviesen abiertas las cafeterías yo no podría entrar. El traje arrugado, las medias torcidas y los restos de maquillaje me delatarían. El camarero me miraría con ojos asombrados y yo sólo podría decir:”Esto no es lo que parece”.
Anoche olvidé quién era. Olvidé las noches sin dormir, la lista de la compra entre los informes, los correos electrónicos con la maestra de la niña. Olvidé los chupetes junto al ordenador, los libros manchados de papilla. Olvidé a mi madre al teléfono relatándome sus innumerables cuitas. Olvidé a mi padre postrado en una camilla, mirándome con ojos de niño. Olvidé las discusiones con mi ex-marido. Olvidé la rabia. Olvidé la culpa.
Al salir del portal recordé que estarían esperándome junto al coche. No podía entrar y desprenderme de la piel con la que ahora me visto, del olor que me envuelve.
Anoche, por primera vez, me dejé llevar por una mirada sonriente y una conversación amena. Creí que volvía a tener veinte años y cargaba con los libros de la facultad, él estudiaba junto a mí en la biblioteca y me contaba chistes en voz baja mientras preparábamos los exámenes de derecho romano. Anoche, por primera vez, me dejé arrastrar por la ternura y acaricié una piel mil veces deseada.
A duras penas consigo mirar al guardaespaldas y al conductor del coche oficial. Estoy segura de su discreción pero imagino sus pensamientos maliciosos.
He huido como una ladrona. Desperté y tomé conciencia de mi situación. Me vestí en silencio y abrí la puerta sin hacer ruido.
He invertido demasiado para llegar hasta aquí. Me he dejado la piel, el alma y la vida. No debo fallar, no debo equivocarme. Me siento aturdida. ¿Qué dirían en los medios?
No me podía marchar sin más. Antes de salir, he entrado en el cuarto de baño y, como en las comedias románticas, he escrito el número de mi móvil con lápiz de labios en el espejo.
Están abriendo un quiosco de flores en la avenida. Les indico que me esperen y me dirijo hacia allí con paso decidido. Una maceta cuajada de violetas me susurra cuando me acerco. ¿No tengo derecho a un poco de ternura?
Con la maceta en las manos, me acomodo en el asiento de piel mientras repito para mis adentros: "Esto es lo que parece".