miércoles, 12 de julio de 2017

Diario de Cuba

La última noche que pasé en Cuba me asomé a la ventana de mi habitación en la planta 19 del Hotel Habana Libre. A mis pies se alzaba el barrio de Vedado y a la derecha, el Malecón. Antes de partir, ya sentía añoranza de este país que se cuela en las venas.
Había llegado una semana antes, aturdida por el jet lag, con la maleta repleta de mitos, canciones de Silvio y Pablo, películas, lecturas antiguas y una novela de Leonardo Padura a punto de acabar.
 La Habana amanece muy temprano, anoté el primer día en mi diario. Apenas circulan coches por una amplia avenida donde las señales indican “paren” en lugar de “stop”. La gente camina apresurada por calles sin carteles publicitarios, entre edificios que piden a gritos una mano de pintura. Los autobuses no tardan en aparecer. Jugamos a adivinar los que donó el Ayuntamiento de Sevilla. A veces es fácil porque aún conservan los símbolos de la ciudad.
El turismo revolucionario comienza con una visita al Museo de la Revolución, situado en el antiguo palacio presidencial. En el despacho principal, una pintura muestra a los héroes de la Independencia cubana. Solo una mujer, Ana Betancourt, se atreve a asomar por la puerta para pedir derechos para las mujeres. Solo un hombre y un niño de color aparecen en el cuadro.
No existe ser humano capaz de resistir la tentación de inmortalizar su imagen junto a la famosa foto del Ché, tal vez la imagen más reproducida del S. XX.
La guía del museo tiene problemas para conciliar, por las vacaciones escolares. Su hijo pasa la mañana jugando en el edificio. Al cruzar un patio, la mujer ve un papel en el suelo. Con gesto contrariado, lo recoge y lo arroja a una papelera.
Hace mucho calor en La Habana, un calor húmedo y sofocante, que atraviesa sombreros y abanicos, y te envuelve en sudor mientras recorres las plazas de la Habana Vieja abarrotada de turistas que buscan la sombra.
“Maní, manisero será”, entona una mujer ataviada con un traje típico en la Plaza de la Catedral.
Por la tarde, llueve de forma torrencial. El cielo se va cubriendo de nubes y antes de que te des cuentas caminas bajo una tormenta. El sombrero y el paraguas son buenos amigos en La Habana.
En el barrio de Regla, visitamos a la hermana gemela de la chipionera, recorremos las calles de aires marineros y comemos muy barato en una cafetería que nos recomienda una mujer en la calle. La tormenta nos pilla en los postres. Bromeamos con la posibilidad de quedarnos aisladas. Tres chiquillos vienen caminando bajo la lluvia feroz. Chapotean en los charcos, se asustan con un rayo y se refugian bajo un balcón.
Brenda comenzará Pre el próximo curso y es karateka. La interrogamos sin piedad junto a la barra. Somos maestras, alegamos en nuestra defensa. Decidimos intentar el regreso, paramos un autobús en una plaza y pagamos en pesos cubanos.
En la lancha nos han engañado con el precio. Una señora nos los advirtió a bordo y nos insta a reclamar a la vuelta, porque no quiere que nos llevemos mala impresión de Cuba.
El Malecón se puebla de gente al atardecer: pescadores, paseantes, parejas, turistas y muchachos cantando.
Da la impresión que todos los habitantes de esta ciudad cantan, bailan o tocan un instrumento. La música surge en cada bar, restaurante, café o incluso en cualquier esquina.
Por la tarde, La Habana se llena de chiquillería que busca el fresco en las calles y plazas. En Prado, juegan a la pelota o al “escondío” y montan en monopatín los adolescentes. Nos sorprende porque en España apenas los vemos más allá de los parques vallados sometidos y sometidas a estrecha vigilancia.
Hemos conocido algunos centros educativos, la mayoría dignos, aunque con edificios necesitados de reformas y faltos de recursos. Las mujeres de color son mayoría en la docencia. Tienen la mirada triste pero su autoridad y compromiso es tan fuerte que su labor se parece a la de una educadora social, pues visitan las casas del alumnado con dificultades para averiguar su causa y recuperarlos para el aprendizaje.
Recorremos las calles de la ciudad, lejos de las rutas turísticas, amparándonos en la sombra de los flamboyanes. El abanico no descansa en ningún momento, la botella de agua siempre a mano. Sonrío al ver que Belén Gopegui es la única autora española que se exhibe en los escaparates de las librerías.
Por Habana Centro o Vedado compartimos las calles con los reparadores de colchones, afiladores de cuchillos en bicicleta, vendedores ambulantes de ristras de cebollas y ajos, panaderías, barberías, componedores de electrodomésticos grandes y pequeños. Compramos unos plátanos pequeños y deliciosos en un puesto.
Nadie nos molesta en las calles alejadas del turismo. Preguntamos a la gente cualquier duda y conversan con amabilidad, dando todas las explicaciones posibles.
 Nos detenemos en un bar de barrio a tomar una cerveza Crystal o Bucanero, pero solo le quedan Sol o Heineken. No se puede entrar al baño porque hay restricciones de agua. Cierran el Museo de Bellas Artes por este motivo. En la parte trasera, un camión cisterna está surtiendo de agua al edificio.
-La economía de Cuba es una broma, nos comenta alguien.
También nos preguntan sobre España. Quieren saber si la educación y la sanidad son públicas y gratuitas.
La incertidumbre es la respuesta que siempre encontramos al preguntar sobre el futuro.
Una noche, antes de dormir, escribí en mi diario muchas preguntas:
- ¿Cómo puede vivir un país con dos monedas?
- ¿Qué ocurriría si sucumbe al capitalismo salvaje, a manos del vecino del norte?
- ¿Qué hubiera sido de Cuba sin revolución? ¿Y del resto del mundo?
- ¿Cómo habría evolucionado Ernesto Guevara si no hubiera sido asesinado?
- ¿Qué será de Brenda, de Sandra, de Juan…?
- ¿Qué futuro deparará a los niños que chapoteaban en Regla bajo la lluvia?
Ojalá la vida me vuelva a traer a Cuba con el tiempo suficiente para aprender a distinguir algunas de las cien clases de palmas, a diferenciar y saborear los cinco tipos de plátanos. Ojalá tenga la dicha de conocer otros pueblos, otras ciudades de la isla. Ojalá, cuando regrese, no encuentre un MacDonald instalado en el Malecón ni un anuncio de Coca Cola junto a la imagen del Ché.

PD: La foto la hizo y la editó Paco Espada



sábado, 17 de junio de 2017

El álbum de la memoria

No importa cuán estrecho sea el camino,
ni cuántos castigos lleve a mi espalda.
Soy el almo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma
W. E. Henley

Estos días de calor insoportable, cuando el termómetro de mi aula supera los 30 grados, intento que mi alumnado conozca a Nelson Mandela.
Surgió por casualidad, durante una clase de inglés que hablaba de Sudáfrica. Sus cabezas de diez u once años ignoraban todo sobre el apartheid y el presidente de Sudáfrica. Como un hilo del que se tira, surgió el poema Invictus y la película del mismo nombre. Lo leímos en voz alta, comentamos las estrofas, el vocabulario y hasta analizamos la rima.
La película no es fácil de entender para sus edades. Se la proyecto en dosis pequeñas y voy parando para explicar algún concepto o intentar que fijen su atención en algún detalle (los barrios de la población negra, la raza del personal de la casa presidencial…). Estuve a punto de abandonar. Pero G, unos días después de ver el primer trozo, me preguntó, emergiendo de su habitual mundo distraído:
- ¿Por qué los "seguratas" negros no quieren trabajar con los "seguratas" blancos?
¡Eureka!, pensé. Así que continuaremos porque el mensaje está calando.
El jueves del Corpus, fiesta por estos lares, dediqué la tarde a ver una película que se había estrenado en 2006, una de esas películas que una aparca porque ya sabes el final, porque tu corazón no se permite más angustias, porque necesitas una buena porción de ánimo de la que nunca dispones.
Cuando paraba y ojeaba el Facebook y el twitter, leía los titulares que se referían a la fecha histórica del 15 de noviembre de 1977, las primeras elecciones democráticas.
Guardo un nítido recuerdo de aquel momento. Yo tenía 14 años y al día siguiente partía de viaje final de EGB hacia Cazorla, organizados por un grupo de maestros y maestras que pensaban, como Mandela, que “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Era mi primer viaje, si descontamos las aventuras con Salgari y Julio Verne. Aún no había pisado la arena de la playa y en las pocas excursiones en las que había participado (Córdoba, Granada…) no despegaba los ojos de la ventanilla del autobús intentando retener en la retina cada recodo de la carretera.
Aquel quince de junio del 77 consiguió que el miedo fuera la excusa para que a algunas de mis compañeras (niñas, qué casualidad), no les permitieran hacer un viaje de varios días con sus consiguientes noches, a pesar de la insistencia de Maribel, mi maestra.
Recuerdo aquel quince de junio porque el dieciséis, a las seis de la mañana, entré en la panadería de Domínguez, que pervive en mi memoria sacando el pan del horno. La radio lo acompañaba y mientras me cobraba los bollos para mis bocadillos le pregunté el resultado electoral. A pesar de mi corta edad, yo estaba muy interesada en el proceso e incluso había asistido a un mitin donde intervino Margarita Laviana en el comedor del colegio ante un público mayoritariamente masculino. 
-Ha ganado la UCD, me respondió el hombre que años después tendría la desgracia de protagonizar otro hito amargo de la historia.
El viaje en autobús con Manolo Andújar como intrépido conductor tiene algo de viaje iniciático, de aventura mítica porque pocos conservamos el recuerdo de aquellas tiendas de campañas prestadas con aspecto de jaimas, practicando la acampada libre en la Fuente de la Pascuala, paseando por un Coto Ríos asombrado con aquella chiquillería que sacaba a las ancianas de sus casas para mirar boquiabiertos a aquel grupo de niños y niñas desaliñados.
Durante los siguientes cuarenta años, todos los niños y niñas del pueblo han culminado su paso por el colegio con un viaje a Cazorla, un hilo invisible que une a distintas generaciones, que comparten la vivencia de los pies helados en el río Borosa y el sendero hasta la cerrada del Utrero.
Este jueves día 14 de junio de 2017, pasé la tarde viendo la película “Salvador” sobre Salvador Puig Antich, el último condenado a garrote vil por Franco, tan solo tres años antes de aquellas elecciones del 77, de aquel viaje a Cazorla. Mientras lloraba con el corazón encogido, como había temido, busqué en Internet información sus hermanas, que no han dejado de luchar para que el crimen no caiga en el olvido y sobre su hermano el psiquiatra, sin conseguir extraer la punzada de dolor que se había alojado en mi vientre.
Al día siguiente, en clase, me preguntó mi alumnado:
- ¿Hoy vamos a seguir viendo la película de Mandela?
Desde el fondo del aula comenzaron a vocear:
- ¡Mandela! ¡Mandela! ¡Mandela!
En la mejor escena de Invictus, cuando el capitán del equipo de rugby visita la cárcel y la voz de Morgan Freeman recita el poema de fondo, mi compañera entró y nos preguntó sobre lo hacíamos. Intenté recitarle alguna estrofa del poema de Henley pero la memoria me falló y los versos se enredaron en mi lengua. Por suerte, P., tan pequeña y tímida, sin que nadie se lo pidiera declamó:
“Soy el amo de mi destino.
  Soy el capitán de mi alma”
Esta mañana de sábado, el asfalto de las calles sigue ardiendo. He abierto el álbum donde guardo algunos objetos que me traje cuando se vendió la casa de mis padres. Allí están a buen recaudo algunos de mis tesoros. He releído la carta que mi abuelo Antonio envió a su mujer desde el cortijo de Santaella en el que trabajaba cogiendo aceitunas en 1930 (“que me acuerdo mucho de ti, Rosario, y te mando cinco duros con el operador”). He acariciado el trozo de cartón reutilizado en el que la letra de mi padre escribió la receta de los pestiños, como si pudiera rozar su mano. No he hallado, como imaginaba, ninguna foto de aquel primer viaje a Cazorla de hace cuarenta años. He pensado en Maribel Hidalgo, empeñada en sembrar flores y árboles en el colegio de mi pueblo y en Manolo Amaya, recogiendo troncos con el que construir un fuerte del Oeste, con la esperanza de que el colegio sea el mejor y el más hermoso de los lugares.
Esta mañana de caluroso sábado, he creído que quizás el amor no sea tan corto y que tal vez no sea tan largo el olvido.


jueves, 27 de abril de 2017

Yo te nombro, honestidad

Los primeros días de clase, con el calor pegajoso en la piel y añorando la brisa del mar, la maestra comienza el curso con mucha energía. Primero advierte que no se encuentran ante ninguna “seño”, que ella es maestra y si resulta complicado, prefiere que la llamen por su nombre de pila.
- “¡Qué seño más rara!”, piensan sumidos en la perplejidad.
 Suele disfrutar haciendo juegos de presentación y de cohesión grupal. Hay una actividad que le gusta especialmente: cada niño o niña debe presentarse acompañando a su nombre una cualidad que los caracterice.
Este año, cuando toda la clase se hubo presentado, la miraron veintisiete ojos curiosos:
- ¿Y tú maestra? ¿Qué dirías de ti?
La maestra duda. Resulta aterrador autocalificarse, encontrar una palabra que te defina, desvelar la idea que una posee de sí misma, que es posible que no coincida con el resto de la humanidad.
En ese momento de duda, la imagen de su padre cruzó por su mente y evocó una de sus frases más repetidas.
- “La honra es lo único que tiene el pobre”
La maestra tomó la tiza y escribió en la pizarra, junto a su nombre la palabra HONESTIDAD.
Los diccionarios vieron alterados su letargo veraniego por cincuenta y cuatro pequeñas manos, que se abrían paso entre sus hojas, para hallar el sentido de una palabra desconocida.
La maestra ya no está en edad de creer en ortodoxias, en purezas y coherencias, pero aún mantiene en su fuero interno ese concepto antiguo de la honra, un vocablo pegado a la tierra, que en Andalucía suena a veces con la h aspirada.
Al volver a casa, continuó meditando sobre esa palabra tan antigua que nunca habían escuchado esos oídos infantiles.
Recordó al alcalde de Zalamea (“Que soy noble por cinco o seis mil reales; y esto es dinero y no es honra; que honra no la compra nadie.” «Aquella misma que vos, que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador») y las memorables discusiones en torno al origen de la corrupción que rompe las costuras del país.
La maestra protesta ante quienes argumentan que está en nuestro ADN y se enfada con quienes culpan al paupérrimo Lazarillo de los desmanes de ladrones de cuello blanco y maletín ministerial.
Piensa, ingenua, que más bien somos descendientes de Quijotes sin molinos, Sanchos sin ínsula, intrépidas Doroteas y rebeldes Marcelas.
Al transcurrir los meses, los niños y las niñas saben que la maestra que no se llama seño odia la mentira, pues conlleva falta de confianza. También se enfada si se pisan el turno de palabra o interrumpen antes de que acabe quien está hablando, empeñada en hacerles entender que debatir no tiene ninguna relación con “Sálvame”.
La semana pasada, C, pequeña brujilla empoderada, alzó su mano y preguntó:
-Maestra, si Rajoy miente, ¿por qué sigue siendo presidente?
La maestra se quedó sin palabras, agotada de luchar contracorriente en un país que premia al estafador disfrazado de político, al arribista sin escrúpulos, al mayor mentiroso; una sociedad que ríe las gracias al mentecato de turno, al zafio o la zafia, a la lengua viperina…
Cuando era joven y el mundo aún albergaba esperanzas, cantaba Nacha Guevara unas hermosas estrofas, que la maestra, hoy, quisiera parafrasear:

Escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
Tu nombre verdadero
Tu nombre y otros nombres
Que no nombro por temor
Yo te nombro Honestidad


PD: “Concepto de honestidad. La honestidad, del término latino honestĭtas, es la cualidad de honesto. Por lo tanto, la palabra hace referencia a aquel que es decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto u honrado, según detalla el diccionario de la Real Academia Española (RAE).” Del recato y el pudor podemos prescindir, pero el resto de los sinónimos cada vez son más necesarios.