domingo, 1 de abril de 2018

Copenhague en primavera

Los motivos para elegir un viaje pueden ser tan poco románticos como el precio o la apertura de un nuevo vuelo low cost. Si comienza la primavera y no eres especialmente seguidora de la Semana Santa, Copenhague representa un buen destino. El problema surge cuando vives en el profundo sur de España y las ocasiones en que has disfrutado de algo parecido a la aguanieve se pueden contar con los dedos de la mano y es posible que te sobre alguno.
Piensas que no hay que preocuparse del frío porque es primavera, aunque desde un mes antes consultas a diario la información meteorológica. Compras camisetas térmicas, mallas térmicas, calcetines térmicos y una bufanda de lana que te tapa hasta las orejas, como si participaras en una expedición al Himalaya.
Antes de partir, repasas los referentes culturales que posees sobre Dinamarca: H.C. Andersen, los juguetes Lego, Isak Dinensen, la serie Borgen y Vikingos.
Aterrizas en Kfvenhavn un martes santo con pocas horas de sueño, los termómetros indican 2 grados y el cielo permanece gris. Aquí no se han enterado de que es primavera y a pesar del frío, caminas durante horas por las calles comerciales, oyendo a las gaviotas que anuncian la cercanía del mar.
Al final del parque Churchill, los turistas se agolpan para fotografiar a la Sirenita, el símbolo de la ciudad. No es santa de mi devoción esta señora, pero reconozco el gran mérito de su autor, H.C. Andersen, auténtico Patito Feo de la literatura, al que rinden homenaje con un monumento junto al Boulevard que lleva su nombre y frente al Parque Tívoli.
Durante toda la jornada te embarga la sensación de que miles de descendientes de Ragnar y Laguerta te rodean. Vikingos y vikingas aparecen por todas las esquinas, a pie o en bicicleta, tomando café, comprando un móvil, empujando un cochecito de bebé. Imaginas que en cualquier momento se van a quitar los abrigos y empuñarán las armas para abordar un barco.
El segundo día, Kfvenhavn amanece nevado. Es tan grande tu sorpresa que compartes por whatssap la imagen de la ciudad con los tejados cubiertos de nieve y las máquinas quitanieves esparciendo sal. Hace más frío que el día anterior. Hoy los vikingos no podrán navegar sobre sus bicis, cubiertos de nieve los sillines.
En la ciudad libre de Cristiania, los hippies no se levantan temprano y nadie hace transitables los caminos entre las calles pintadas de grafitis. Solo algunos valientes se atreven a vender su mercancía en un improvisado tenderete en este territorio al margen del estado de Dinamarca.
En Christiansborg, uno de los castillos de la realeza en Kfvenhavn, se instalan los tres poderes del estado de Dinamarca. La serie Borgen recibe este nombre porque es la denominación coloquial que el pueblo danés otorga a este lugar. La explanada de Borgen aparece cubierta de nieve por la mañana. Dos caballos de los establos reales caminan cubiertos. Te parece que Birgitte Nyborg, la primera ministra de la ficción, se cruza contigo pedaleando en su bicicleta.
Subes a un barco en el colorido puerto de Nyhavn, que se llena de turistas, deseosos de entrar en calor mientras recorren los canales.
Tal como amenazaba la previsión del tiempo, la tercera jornada viene acompañada de nieve. Pero como estás vestida para hacer senderismo por el Ártico, ello no te impide cumplir con tu programación viajera.
En Sodenborg Slot, otro palacio de esta dinastía danesa considerada la más antigua de Europa, quedas hastiada por los miles de cuadros, camafeos, pulseras, muebles y joyas de gran valor.

Para compensar, muy cerca se halla el Abejdermuseet, Museo de los Trabajadores, que muestra la vida cotidiana de la clase obrera desde finales del S. XIX. En una de las salas se recrea una cocina. Una figura de mujer, junto al fregadero mira por la ventana cómo los copos de nieve caen sobre el tendedero donde cuelgan varias camisas.
En una cafetería comprendes el “hygge”, concepto por el que es conocida Dinamarca y que la sitúa entre los países más felices del mundo.  Las mesas y sillones de la cafetería están muy próximos, apenas hay espacio para transitar. El ambiente es cálido y huele a café recién molido. Sobre la mesa, una tetera con funda de ganchillo, un azucarero de porcelana decorada con rosas, un florero con tulipanes y una vela donde arde una llama temblorosa.
Por la ventana, contemplas las aceras húmedas que conservan restos de sal. Los copos caen sin prisa sobre los caminantes enfundados en ropa de abrigo, indiferentes a la nieve y al frío.
Amanece soleado el último día. Paseas por el Jardín Botánico, que conserva neveros en las zonas más sombrías. La National Gallery, un museo de pintura impecable, silencioso, invita a la contemplación relajada de las obras de arte.
La plaza octogonal de Amelienborg, otro de los palacios reales, está llena de turistas atentos al cambio de guardia. Las calles de Nyhavn, que habías visitado sin agobios, están abarrotadas de gentío que hace fotos y toma copas en las numerosas terrazas.
Hoy se van a alcanzar los cuatro grados de máxima, es primavera en Kfvenhavn y tienes la osadía de quitarte el gorro de lana e incluso los guantes.
Se desconoce la razón por la que Shakespeare situó Hamlet en este país y escribió aquello de “Algo huele a podrido en Dinamarca”. Kfvenhavn es una ciudad limpia, tranquila, silenciosa, relajada, recorrida por kilómetros de carriles bici, una ciudad que invita al paseo sosegado. Lo único que huele mal en Dinamarca es la posición de sus dirigentes durante la primera etapa de la II Guerra Mundial.
De todos los referentes culturales daneses, quizás el que más te ha perseguido es el de la escritora Isak Dinesen o Karen Blixen, a la que adjudicas sin remedio el rostro de Meryl Strep en Memorias de África.
Crees verla en cada mujer mayor con la que te cruzas. Una de las primeras tardes grises en el puerto de Kfvenhavn, una anciana estaba sentada en un banco. Cabello totalmente blanco recogido en un moño, piel clarísima, ojos azules, abrigo y guantes negro. Por un momento imaginaste a la anciana Isak Dinesen mirando el mar y soñando con África




jueves, 8 de marzo de 2018

Ocho de marzo

Hace unos meses, regresando de un viaje, me detuve en una gasolinera en medio de la nada. El cruce, el desvío, la variante, no recuerdo bien su nombre.
Eran las cuatro de la tarde de un luminoso sábado otoñal, esa hora después del almuerzo en la que nadie pasea las calles.
Una mujer joven acudió a llenar el depósito. Morena, guapa, la melena rizada le caía por la espalda.
Una gasolinera en una carretera secundaria. Caminos agrícolas y olivos, una inmensa llanura de olivos.
Entré en la tienda y al rato apareció la misma joven que me había atendido. Mientras me cobraba la botella de agua, busqué las cámaras de seguridad camufladas. Sentí miedo por ella, trabajando sola, en medio de la nada.  Al momento me avergoncé de ese sentimiento. Ante mí a una mujer joven, fuerte, segura, valiente, ocupaba un espacio tradicionalmente reservado a los hombres.
Ayer me senté a buscar a la niña que fui. Han transcurrido tantos años que a veces me cuesta encontrarla. La niña ingenua y risueña descubrió muy pronto que no debía trepar a los árboles ni perderse con la bicicleta por los caminos, que las mañanas se dedicaban a la limpieza y las tardes a la costura.
La niña que fui se quitó los pendientes de las orejas y entendió que nacer mujer le haría la vida más difícil.
Hoy me pregunto qué hubiera pensado al ver a una joven trabajando sola en una gasolinera. Quizás no se habría sentido tan incomprendida y se hubiera ahorrado los miedos y las culpas de toda una vida.
 Hoy pienso en todas las niñas del mundo: en mis alumnas que miraban ayer con orgullo; pero también en las que no pueden ir a la escuela, en las niñas mineras del Potosí, las que acarrean agua desde los pozos, las que cuidan de sus hermanos y hermanas, las que sufren matrimonios concertados, las que son sometidas a la ablación, las que son agredidas sexualmente y violadas.

Tal vez hoy les lleguen nuestras voces, nuestros gritos, el eco de nuestras canciones y el sonido de nuestros pies ocupando las calles. Para ellas, sin duda, las mujeres construimos este ocho de marzo un futuro donde nacer mujer no suponga una desventaja.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Momentos de alegría

Una amiga prestó a C “El alquimista” de P. Coelho. Al verlo, su madre frunció el ceño, esbozó una sonrisa irónica y arqueó una ceja por encima de la pantalla de la tablet.
-Ya sé que tú no crees en la felicidad individual, sin tener en cuenta el bienestar colectivo, pero me lo han recomendado y lo leeré, respondió C antes de refugiarse en su dormitorio.
Todo el año se ha oído a C canturrear por la casa:


“Qué bello es vivir 
cuando me asomo a la ventana 
y veo el mundo por la mañana 
a mí es que se me alegra el alma 
y tengo que sacar el karma 
para brindar por esta vida 
que está tan bien fabricada”

Conocedora de la tasa de paro juvenil, del precio de la vivienda, de la subida de la luz, el desastre catalán o el aumento de las muertes por violencia de género, no se preocupa por su incierto futuro y el complicado reto de la emancipación. En la cena de Nochebuena, C confesó que el concierto de El Kanka fue lo mejor que le había sucedido este año y por ello, ha perseguido a su madre con el móvil para que escuche una y otra vez “Qué bello es vivir”:


“Pero qué bello es vivir 
aunque la vida me maltrate 
de la forma más espeluznante 
yo saldré cada día a la calle 
con mi sonrisa más grande”

Cuando no está enfadada con ella, la madre de C se asombra de su inconsciencia, aunque también se siente agradecida por que sus hijas le descubran novedades: una película, una serie, el Kanka o Juanito Makandé.
-También se titula “Qué bello es vivir” una película de Frank Capra, todo un clásico navideño, le recuerda a C.
Hace una década que el inventario de fin de año le resulta política y socialmente aterrador, sin que haya visos de esperanza. Este 2017, el desatino ha culminado con banderas ondeando en los balcones y la pérdida total de la cordura. Además, en lo personal, ha empezado a perder la confianza en el ser humano, hasta llegar a apropiarse de una frase atribuida a Pedro I de Castilla:
“Con este mendrugo de pan se pueden hartar todos los leales de Castilla”.

Aunque los Reyes Magos son los únicos reyes en los que cree, no es capaz de escribirles la carta, porque sus deseos no se envuelven en papel de regalo.
A pesar de ello, la madre C no dudó cuando le preguntaron por lo mejor del año:
- ¡El viaje a Cuba!
Y entonces, mostró un vídeo en el Floridita de La Habana. Una banda tocaba una canción de Ana Belén y un grupo ruidoso coreaba el estribillo:

Besos, ternura.
Qué derroche de amor,
Cuánta locura

Como la felicidad parece una meta harto difícil de conquistar, los sueldos continúan congelados, mientras espera que se deshilachen las banderas, la madre de C, M y A desea que el próximo año venga cargado de besos, ternura y muchos momentos de alegría.